#Méxicosinplagio

 

Hace unos días la prensa internacional se hacía eco de la petición de explicaciones públicas realizada por la Secretaría de Cultura de México a la diseñadora Carolina Herrera por la utilización en su última colección de elementos textiles tradicionales de diversos pueblos indígenas, petición de explicaciones que también se viralizó en twitter bajo los hashtag #Méxicosinplagio #SinLasComunidadesNO, buscando la colaboración y la consciencia ciudadana frente a este tipo de robo.

Si bien el plagio textil a estas comunidades, pese al marco de protección de la Declaración de la UNESCO de sus derechos, viene siendo recurrente y es un delito que no para de crecer, desde España aún vivimos estas situaciones como realidades exóticas y ajenas, a pesar de que muchas veces sean empresas textiles españolas las que estén implicadas en estos delitos de apropiación. El hecho de que las artesanas textiles y bordadoras centroamericanas hayan estado los últimos años en pie de guerra, especialmente frente al plagio de la industria textil china todopoderosa en la región, consiguiendo con sus movilizaciones grandes logros legales, ha pasado totalmente desapercibido en España, como si este tipo de situaciones no fuesen una amenaza también para la cultura en nuestro país.

Nada más lejos de la realidad. Contrasta la respuesta del Gobierno mexicano con la pasividad que han mostrado las instituciones españolas frente a situaciones similares de plagio a la que han tenido que hacer frente, entre otros, los pequeños municipios gallegos de Viana do Bolo y Vilariño de Conso, que han visto cómo el trabajo textil realizado tradicionalmente por las mujeres de sus pueblos para su Carnaval ha sido copiado por la marca Dolce&Gabbana en una de sus últimas colecciones.

Si bien existe un mayor grado de alerta y sensibilización social frente a otro tipo de robos vinculados a la cultura, aún tenemos que desarrollar nuevos grados de conciencia frente a estas fórmulas de apropiación, teniendo en cuenta que se dan en la esfera internacional y que suelen enfrentar a colectivos o territorios especialmente desprotegidos y vulnerables frente a gigantes empresariales transnacionales con una gran fuerza publicitaria y de comunicación.

 

 

Si desde el mundo rural español , por ejemplo, aún estamos esperando respuesta, a pesar de todos los esfuerzos del Museo Arqueológico Nacional, frente a casos sonados de expolio, como el siempre postergado proceso de restitución de los restos arqueológicos de Castiltierra, apropiados por el nazismo con el beneplácito del régimen franquista, encontrándonos día sí y día también con noticias referidas al tráfico ilegal de obras de arte robadas en nuestros pueblos -la más reciente la desarticulación el pasado mes de abril de una banda de tráfico ilegal de restos arqueológicos con una notable implantación en Andalucía que contaba en su haber con más de 3700 piezas patrimoniales-,  no queramos imaginar la dificultad con la que se encuentran los pequeños municipios en el caso de los procesos de robo vinculados al patrimonio inmaterial.

Se suele olvidar que cuando hablamos de estas formas de apropiación y plagio, más vinculadas a conocimientos tradicionales, de lo que estamos hablando también  es, en la mayor parte de los casos, de invisibilización del trabajo de las mujeres, grandes guardianas informales de la riqueza patrimonial en nuestro país. ¿O quienes limpian ermitas, cosen mantos, bordan trajes tradicionales, custodian baúles, cajas de galletas llenas de fotos, adornan balcones, preservan recetas, custodian informalmente la memoria de un país?

En el mercado internacional actual más preocupado por  las artesanías que por las artesanas, por el producto que por las condiciones laborales o económicas de quienes lo hacen posible, se están empezando a alzar voces – que deberían tener un reflejo en la futura Ley de derechos culturales española hacia la que sin duda avanzaremos– alrededor de dos grandes reivindicaciones: en primer lugar la justa remuneración a las creadoras originales de los diseños y el reparto equitativo con las comunidades creadoras de dichas artesanías de los beneficios que obtengan las grandes marcas con la explotación de sus diseños.

 

Si ante otros escenarios de expolio cultural de grandes dimensiones la comunidad internacional ha sido capaz de ponerse manos a la obra, como a través, por ejemplo, del proyecto de las Bibliotecas central y regional de Berlin para la restitución a los propietarios originales de los libros robados al pueblo judío durante el Tercer Reich o como a través de la puesta en valor de la figura de grandes heroínas en la defensa del Patrimonio frente al robo de arte como lo fue Rose Valland, tendremos que empezar a debatir con mayor rigor en España sobre cómo vamos a protegernos frente a estas nuevas fórmulas de explotación económica que amenazan a nuestras culturas, teniendo en cuenta que habrá que impulsar medidas de protección mucho más concretas y eficaces para ese tesoro a cielo abierto y sin guardián que es la España rural que se vacía.

Si como dice el dicho, “cuando bebas agua, recuerda la fuente” quizá ante situaciones como las que afrontan estos pequeños pueblos ante el plagio de las grandes marcas de moda internacionales tengamos que pararnos a pensar: a quiénes se plagia, por qué resulta tan sencillo y barato apropiarse del legado común recibido generación tras generación. No vaya a ser que nos llevemos una sorpresa y descubramos que detrás de cada bordado robado, de cada creación plagiada, lo que se esconde en realidad es el dolor de manos trabajadoras que crean.

 

Construir el horizonte: derechos culturales, acción global y democracia

(Todas las imágenes son obras de Magda Sayeg)

Esta reflexión se compartió en la Jornada Repensar las políticas culturales locales que se celebró en Valladolid el 9 de mayo de 2019.

Si no te apetece leer, puedes ver o escuchar la intervención en este enlace. ¡Que sume! (que falta nos hace, compañeros, que falta nos hace…)

 

Más allá de las identidades: articulación local-global del sector cultural para la profundización democrática

La política cultural local está viviendo un momento clave. Estamos asistiendo a un cambio de paradigma, que tiene su reflejo en una nueva narrativa que entiende la política cultural desde un enfoque de derechos humanos.

La política cultural local está reivindicando para sí misma el protagonismo que tiene como constructora de democracia de proximidad y como promotora de una de las facetas indivisibles de los derechos humanos como son los derechos culturales.

Desde lo local en los últimos años nos estamos dando cuenta de lo estratégico que resulta para la profundización democrática sintonizarnos con los debates y el marco normativo cultural internacional, que ha recogido de un modo más rápido y sensible las aportaciones recientes de las ciencias sociales, por ejemplo, la libre elección de la identidad cultural, la importancia de la protección de la disidencia cultural y su impacto sobre la innovación social, la noción de diáspora y los criterios culturales de descendencia o la dimensión culturales de los espacios naturales y los territorios. Nos ayuda también a resituar la importancia de los derechos culturales para la salud democrática de un país, obligándonos a llevar el foco a la vinculación de los derechos culturales con la economía de la credibilidad, es decir, con el modo en que una sociedad configura la palabra que cuenta, lo visible, lo audible, el relato legítimo y que puede, por tanto, reforzar procesos más amplios de desigualdad.

Esta armonización local-global en España se traduce en una ampliación de los campos de intervención de la política cultural local y en una actualización del debate sobre qué entendemos por democracia cultural.

Así, en un repaso muy rápido, hemos encontrado inspiración desde lo local en el nuevo constitucionalismo iberoamericano que hizo de los derechos culturales un eje central de transformación social; en el impulso que ha supuesto la Agenda 21 de la Cultura y la red global que demanda un mayor protagonismo de las ciudades como interlocutoras internacionales; en la actualidad, en las propuestas de la Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible y el papel que ha de jugar la cultura para su cumplimiento, sin olvidar tanto las Declaraciones sobre Diversidad de la UNESCO como el trabajo de los diez últimos años de las relatoras de derechos culturales de la ONU, especialmente para la protección de los derechos culturales de las mujeres y la protección del derecho a la disidencia. Menciono aparte, por lo difícil que me resulta entender lo mucho que desaprovechamos la mención explícita a la economía social de la cultura, la Carta cultural iberoamericana, y que nos da un paraguas de actuación para la política cultural local más abierto aún a procesos comunitarios. Bajo este marco, la política cultural local se redimensiona, sabiendo que es en el nivel local donde estas propuestas se hacen reales, medibles, tangibles.

 

 

Políticas culturales locales y nueva agenda de derechos

Se entiende, por tanto, que desde este reconocimiento de la política cultural local desde un enfoque de derechos humanos podemos política y sectorialmente ser punta de lanza para la apertura de una nueva agenda de derechos, saliendo del riesgo de posiciones defensivas o reactivas, generando desde lo local contrapesos a la ola regresiva mundial en materia de derechos humanos que estamos viviendo.

Tendremos que hacer un nuevo énfasis sobre el acceso igualitario a la producción artística, pero haciendo mucho más hincapié en el acceso a los canales de distribución y exhibición desde criterios más democráticos y plurales, así como tomarnos más en serio la articulación de políticas de comunicación locales y nuestro modo de plasmar en lo local el derecho a la información.

Sabiendo que avanzamos hacia el reconocimiento de los derechos colectivos en el seno de los derechos humanos, desde lo local tendremos que preguntarnos cómo vamos a proteger los derechos culturales colectivos, los derechos de la naturaleza o los de las generaciones futuras. Cómo impacta sobre nuestro patrimonio inmaterial local (gastronomía, artesanía) la generalización de los tratados de libre comercio, cómo vamos a prepararnos para la protección de la creación colectiva, la autoría colectiva (mucho más trabajada en los contextos relacionados con los pueblos indígenas) ante procesos de extractivismo multinacional en el sector cultural ante los que el mundo rural español está especialmente desprotegido, como nos muestran los casos tanto del pleito de los municipios de Vilariño de Conso y Viana do Bolo contra Dolce & Gabanna por plagio o el reto que supone el reconocimiento de la dehesa castellana y extremeña como paisaje cultural de la UNESCO frente al extractivismo minero que amenaza, por ejemplo, el Campo Charro.

Desde lo local también tendremos que concretar mucho más la protección de los derechos lingüísticos y el reflejo de su diversidad, no sólo de las lenguas oficiales, sino de las que están en riesgo de extinción, como el astur-leonés o los derechos lingüísticos de la ciudadanía migrante, especialmente en las segundas y terceras generaciones ante el riesgo de perder en muchos casos las lenguas maternas de sus padres.

 

Ministerio de las Culturas, Ley de Derechos Culturales, 1% presupuestario: la democracia cultural en la conversación internacional como inspiración para lo local

Por eso, en esta armonización local-global que estamos desgranando, más allá del reparto competencial, podemos encontrar horizontes de resonancia e ir condensando otras propuestas de política pública, por ejemplo:

1.- Desde la innovación institucional pública en el ámbito cultural:

¿Cómo podríamos reflejar en lo local el espíritu, por ejemplo, de la creación del Ministerio de las Culturas chileno? ¿Podría ser una apuesta para agrietar la herencia centralista de las políticas culturales españolas?, ¿qué juego podría darnos este tipo de innovación en la institucionalidad cultural para hacer emerger y socializar nuestra propia historia de diversidad cultural, cuestionando relatos mayores en los que se inserta? (el peso en Castilla y León, por ejemplo, del relato cultural imperial)

2.- Desde la vertiente económica y la dotación presupuestaria:

Qué correlato podría tener en lo local, por ejemplo, las movilizaciones internacionales del sector cultural alrededor de la reivindicación del 1% del PIB para la cultura recomendado por la UNESCO, que ha sido una propuesta que ha hecho suya el activismo cultural de base (por ejemplo en Bolivia a través del Colectivo Telartes o en la campaña #ActForCulture ante las elecciones europeas) y a la que en España no hemos hecho demasiado caso.

3.- Desde el avance legislativo:

Cómo impulsar, acompañar desde lo local la creación de nuevas leyes de derechos culturales, que en España ha tenido su primer hito en Navarra, recogiendo experiencias previas de Cartas municipales de derechos culturales como la de Barcelona o leyes de acceso a la cultura como la del País Vasco. Supone un hecho muy importante en España, no sólo por el reflejo que pueda tener en otros espacios autonómicos o en el avance hacia una ley estatal en la próxima legislatura, sino por el marco de acción para la política cultural de proximidad que promueve:

  • Desde la definición de política cultural pública como aquella (y yo añadiría “y sólo aquella”) que defiende el valor de la cultura como bien común.
  • Por el reconocimiento a la intermitencia del trabajo cultural y la necesidad de articular desde todos los niveles competenciales medidas de protección para trabajadoras y emprendedoras de las industrias cultural y creativa.
  • La exigencia de medidas fiscales específicas para el trabajo cultural y la creación de fondos e instrumentos de crédito, apostando por la economía social de la cultura.
  • El protagonismo que da a la función de los mediadores culturales y artísticos.
  • Y dos líneas que pueden ser claves para las políticas culturales locales especialmente de la España vaciada:
    • La participación colaborativa del mundo rural y urbano en la conservación del patrimonio cultural inmaterial, ante el riesgo de parquetematización y presión turística.
    • La incorporación ya en una ley en España que reconoce el derecho al patrimonio como un derecho humano, frente al riesgo de expolio y las redes internacionales de mercado negro de arte.

 

Políticas culturales locales frente a los discursos del odio

Quería terminar como empecé, desde este cambio de visión para unas políticas culturales en clave de derechos humanos, teniendo en cuenta también el llamamiento a la acción del sector cultural que se ha lanzado en toda Europa frente al auge de los discursos del odio, apuntando a algunas cuestiones que se pueden abordar desde la política cultural local:

La cultura puede mejor que ningún otro campo, cortocircuitar la creación de “la Otredad”, del “Otro amenazador” creando espacios de acercamiento a lo que conocemos menos, vinculados a climas afectivos diferentes al miedo o la sospecha, como pueden ser la alegría, lo festivo, el placer de descubrir.

Desde la política cultural local tendremos que detenernos con mayor profundidad a analizar qué imaginarios y horizontes aspiracionales reforzamos con nuestra programación desde lo público, siempre teniendo en cuenta que no somos los únicos que estamos actuando en la creación de dichos imaginarios:

  • ¿Qué fechas conmemorativas reforzamos?
  • ¿Qué “traumas y glorias locales” designamos como significativos y cuáles no?
  • ¿Cuáles son nuestras culturas de honor y reconocimiento locales y especialmente qué régimen de mirada imponen: qué se invisibiliza y excluye del “nosotros” local?
  • Importante también en este punto el análisis de nuestros lutos públicos y la definición de lo que consideramos llorable.

Todos estos temas son fundamentales por el papel que juega en el auge de los discursos del odio el enfrentamiento sobre la herencia, la autoctonía y la ancestralidad. Por tanto, nuestra política cultural local, ¿qué imaginarios y horizontes aspiracionales refuerza por activa o por pasiva?

Hago hincapié en ello porque cuando hablamos del derecho a participar en la vida cultural, parece que nos centráramos exclusivamente en el acceso al consumo cultural y dejásemos a un lado lo más importante: el derecho a participar en la construcción de sentido.

También el refuerzo, frente al auge del odio, de dos acciones en la política cultural local:

  • El impulso de acciones de diplomacia cultural local.
  • La transversalidad de lo cultural en toda la política local. Pongo siempre de ejemplo en este punto, el reflejo que tuvo en la Carta de derechos y compromisos culturales de Barcelona el derecho a respetar la diversidad de las tradiciones funerarias. Pues bien, eso también es política cultural.

Por último, dado que los discursos del odio tienden a expresiones simplificadoras o limitadoras de la identidad cultural y que todos los estudios sobre el auge del extremismo señalan a los climas de impotencia como su principal caldo de cultivo, medidas de política cultural local que refuercen el sentido de agencia, transformaciones que se vean, palpables y que hayan nacido en la comunidad, que tengan como fin el refuerzo de esa vivencia personal.

Por todo ello, creo que la armonización local-global tiene un sentido estratégico para la profundización democrática en España y confiere al ámbito local un protagonismo clave en la defensa desde la cultura de los derechos humanos.

 

España frente al derecho a la libertad artística

Aprovechaba para leer estos días (cada cual a sus ritmos…) el Informe anual que elabora Freemuse para evaluar el estado del respeto a la libertad artística en todo el mundo. Partiendo de la reflexión que recoge el informe por la cual el respeto a la libertad artística es siempre un indicador del nivel de salud democrática de un país, es doloroso comprobar como España se mantiene en el grupo que lidera el dudoso ranking de países con mayor número de artistas encarcelados en el Norte global.

Se analiza así minuciosamente lo que Freemuse ha bautizado como el auge de una “cultura del silenciamiento artístico” que desde los extremos de la persecución ilegal, las detenciones arbitrarias y otras formas de persecución, hasta aquellos otros modelos de intimidación sustentados en normas religiosas o de moral pública, están impidiendo el ejercicio de derechos fundamentales reconocidos como son la libertad creativa y artística.

Me resulta de especial interés el peso que le han dado al análisis del incremento de ejercicios de censura a través de diferentes plataformas de social media o los nuevos usos del espacio digital para la persecución de artistas, especialmente combinados con los usos que hacen de los mismos autoridades religiosas o grupos fundamentalistas.

Ante el bofetón que supone el dato que confirma que, de 60 artistas en prisión en 13 países, 14 están en España, es importante comprobar cómo se están repitiendo pautas de silenciamiento artístico en base a idénticas premisas en todo el globo:

  • Utilización de leyes anti-terroristas con fines de silenciamiento de contra-narrativas de la cultura dominante.
  • Incitación al libertinaje o insulto a lo sagrado.
  • Sedición e incitación a la subversión del poder del Estado.

 

 

En un análisis de la censura artística global vivida a lo largo del 2018, no sorprende que el 82% de ella se haya ejercido en base a criterios de “indecencia” seguida de cerca por “herir sentimientos religiosos”.

Hay que señalar que este efecto global de silenciamiento de artistas críticos con la agenda política, se concentra de modo mayoritario sobre la producción artística de las mujeres, el colectivo LGTBI y la creación de las minorías, que enfrentan mayor riesgo de censura, así como daños personales y destrucción de obras.

Por ejemplo, a lo largo de 2018 aumentaron en un 40% las denuncias de persecución y censura en social media de mujeres artistas y dos actrices fueron asesinadas en Pakistan acusadas de “indecencia”.

Estamos asistiendo, como señala Freemuse, a un proceso de silenciamiento global de las narrativas de la diferencia, en el que se denuncia por primera vez el uso de medidas económicas (directas e indirectas) utilizadas contra artistas o comunidades artísticas.

Se alerta también de la censura transnacional, de la influencia de gobiernos más allá de sus fronteras para coartar la libertad de movimiento personal de los artistas o de sus obras y del riesgo creciente del extremismo evangélico para la protección de los derechos culturales de las mujeres.

 

 

Ante el riesgo de que todos los mecanismos de silenciamiento tengan éxito por la vía de creación de climas de autocensura, se reafirman las siguientes recomendaciones:

  • Tener como horizonte de actuación de las políticas culturales la universalidad e indivisibilidad de los derechos humanos, de los que los derechos culturales forman parte.
  • Tomar en consideración la naturaleza específica de la creatividad artística, desde el derecho al contradiscurso o a la propia visión del mundo.
  • La alerta ante la interferencia en los contenidos de las nuevas formas de esponsorización.
  • La alerta ante la infrarrepresentación de las mujeres y las minorías en las artes y las ICCs.
  • La recomendación de universalización del Estatuto del Artista (recomendación de la UNESCO desde 1980) como mecanismo preventivo.

Desde la alerta internacional que nos señala el peso que los artículos 525 y 578 de nuestro Código Penal han tenido durante el 2018 para situar a España en puestos de cabeza para la persecución de la libertad artística, su modificación sería un tema a priorizar si realmente queremos enmarcar nuestras políticas culturales en un marco de derechos humanos.

Cultura europea en pie (El Correo Vasco, 1 de abril de 2019)

 

 

Muchas gracias a El Correo por publicar Cultura europea en pie, un llamamiento-reflexión sobre la movilización del sector cultural europeo en defensa de la diversidad y la libertad artística ante el nuevo ciclo electoral. Para sumar. Siempre.

Si quieres, puedes leerlo también aquí.

Futuros

 

En las últimas semanas se han hecho públicos dos documentos interesantes que, desde la esfera de las políticas culturales se sitúan en la emergencia: la necesidad de construir futuros, de abrir ventanas a posibilidades que conjuren los fatalismos.

En ambos casos se parte de un análisis del presente sin paliativos.

En el caso del documento “Mentes dinámicas: cultura, saber y cambio” de IFACCA y situándose sobre qué tipo de políticas culturales van a ser necesarias en este Antropoceno, la radiografía es clara: conjuramos los peligros de las democracias descendentes, el conocimiento compartimentado, la naturalización de la mentalidad extractivista y por encima de todo lo demás, la construcción de modelos relacionales globalizados transaccionales, donde nadie es en sí mismo un fin. Ante esta realidad se nos invita a explorar, a través de nuevas formas de desarrollo social y cultural, fórmulas que den prioridad a la interdependencia. ¿Cómo hacemos de este valor un contrapeso al sálvese quien pueda? ¿Qué actos de imaginación colectiva necesitaremos desplegar para despertar el sentido de agencia?

Para IFACCA, que no pierde el foco ante el auge de los discursos del odio y la amenaza de los extremismos, es clave que desde las políticas culturales, en diálogo internacional, se estructuren y exploren modos de encontrarse con las diferencias que sobrepasen la utilización política de “lo amenazante” que caracteriza la polarización actual. Es sobre las percepciones y mentalidades sobre las que la política cultural ha de seguir incidiendo desde criterios de paz.

Si, como decía Raymond Williams, la cultura es algo ordinario, será en el terreno de lo ordinario donde necesitaremos construir, frente al modelo transaccional  (ser cosas para que otros logren otras cosas) capacidad para generar relaciones, diálogos, participación significativas.

  • ¿Qué es una escucha significativa?, ¿y una participación significativa?
  • ¿Significativo es sinónimo de visible?, ¿en qué espacios y tiempos la participación significa?
  • ¿Es democrática la construcción de lo que entendemos por significativo?, ¿y de lo insignificante?

De igual manera en el reporte elaborado con motivo de los 10 años de la creación de la Relatoría especial en derechos culturales de Naciones Unidas se nos interpela a conquistar nuevas visiones de futuro frente a la creciente normalización del odio y la tantas veces obviada privatización en aumento del espacio público, sin olvidar la utilización excluyente de los procesos de memorialización histórica.

Especialmente interesante, por la poca atención que le estamos prestando en nuestros análisis, es su llamada de alerta frente a la utilización política de la vergüenza y la movilización de estrategias que construyen estos marcos de “exclusión vergonzante” reforzando desde la vertiente cultural procesos más amplios de discriminación y odio. Si la vergüenza sólo se da ante la mirada excluyente introyectada del otro, ¿en qué “otros” debemos convertirnos nosotros mismos para no hacer caja de resonancia a la utilización de la vergüenza con fines de exclusión social?

Se marcan así ejes clave de futuro para nuestro trabajo en defensa de los derechos culturales que tendrán en la protección de la libertad de expresión artística y creativa y la lucha contra el fundamentalismo y el extremismo los retos más inmediatos.

Se hace un llamamiento también (¡de emergencia!) a la conversión de materiales, reflexiones, debates sobre políticas culturales…a un nivel popular, a formatos que lleguen a audiencias globales y que se dirijan especialmente a la juventud.

No se deja de hacer hincapié en la necesidad de garantizar la financiación para la protección de los derechos culturales (1% del PIB) si realmente queremos hablar de acciones preventivas.

Uniéndose a la llamada de IFACCA para convertir en un valor clave del siglo XXI la interdependencia, desde la relatoría se recomienda seguir abogando país por país por la justiciabilidad de los DESC y por hacer de la mirada interseccional nuestra mirada de comprensión del mundo.

 

Cultura europea en pie

 

(Todas las imágenes son propiedad de Die Vielen)

 

El pasado 9 de noviembre, efeméride de la noche de los cristales rotos, creadores de todo signo, trabajadoras de instituciones culturales y representantes de todos los ámbitos de la política cultural alemana se manifestaron frente a la puerta de Brandenburgo bajo una bandera insólita. El sector cultural alemán, respondiendo a la invitación de la organización Die Vielen que ha impulsado también la Declaración de Berlín más conocida como el Manifiesto de Los Muchos,  decidió que las mantas térmicas doradas con las que las organizaciones de rescate en el Mediterráneo tratan de llevar algo de calor a los refugiados que llegan a Europa fuesen el nuevo símbolo común bajo el que aglutinar al sector cultural movilizado frente al auge en el país de los discursos del odio y los partidos de extrema derecha.

También la organización europea Culture Action Europe ha lanzado la voz de alarma, llamando a la movilización de todos los artistas, creadoras y sectores de la industria cultural y creativa europeos a través de su campaña #ActForCulture, alertando del grave retroceso en materia de derechos humanos y garantías democráticas que está en juego en las próximas elecciones europeas, buscando la creación de un cortafuegos creativo frente a la propaganda. Compartiendo la reflexión de la filósofa Caroline Emcke, “la imaginación paraliza el odio” llevan meses conjurando los peligros de la abstención y animando a ir a votar en unas elecciones decisivas para el futuro de la Unión Europea. No en vano, el Memorial de Auschwitz se vio forzado hace unos meses a emitir un comunicado condenando el incremento de ataques al recinto por parte de la extrema derecha polaca y la pasividad europea ante el repunte social del antisemitismo, al que se suma en la actualidad el discurso islamófobo que recorre de punta a punta el continente y que en España, en un clima de indiferencia y permisividad generalizado, se concretó en el ataque por parte del grupo neonazi Hogar Social a la madrileña mezquita de la M-30.

 

 

Reconociendo como valores europeos incuestionables la libertad de expresión artística y cultural, la diversidad lingüística y la protección de los derechos culturales, cada vez más organizaciones, como el European Music Council o la Beethoven Orchestra -que ha incluido en los programas de mano de todos sus conciertos la Declaración de Berlín-  están poniendo el foco de atención y llamando a los partidos políticos europeos a posicionarse frente a cuestiones como:

  • ¿qué políticas culturales pretenden implementar para poner fin a los discursos del odio en Europa?
  • ¿qué medidas contemplan para la protección laboral de los trabajadores culturales europeos, cada vez más precarizados y afrontando situaciones de mayor intermitencia?
  • ¿qué partidos se comprometen a garantizar el 1% de los presupuestos de la Unión Europea para la cultura?
  • ¿se está afrontando de alguna manera el cambio cultural insoslayable que ha de acompañar a todas las medidas que se desplieguen frente al cambio climático?

También tanto expertos como organizaciones de defensa del patrimonio europeo están haciendo una llamada al rigor y la responsabilidad colectivas frente a la utilización del patrimonio por parte de las organizaciones neofascistas para el apuntalamiento de identidades excluyentes. Entendiendo que no hay Unión Europea posible sin protección de la diversidad cultural y de sus minorías y que frente al auge de las opciones euroescépticas la defensa de los derechos culturales es una garantía para la protección de las democracias, proyectos de investigación humanística como “El Corán europeo” que dirige la historiadora española Mercedes García Arenal, marcan una línea de acción a potenciar para combatir desde el ámbito científico el peligro de los esencialismos en Europa.

Las recientes declaraciones del gobierno de Bolsonaro respecto a la urgencia de eliminar de los programas formativos y de los libros de texto en todo el país cualquier referencia tanto al movimiento LGTBI como a las propuestas de educación crítica del pedagogo brasileño Paulo Freire, aduciendo el peligro que suponen sus propuestas de cuestionamiento de la autoridad, nos alertan desde el otro lado del Atlántico, de la seriedad de la amenaza a los derechos humanos que está en el centro de la ola regresiva mundial y de la importancia que los partidos reaccionarios otorgan a las medidas de manipulación e ingeniería cultural largamente denunciadas por las relatoras de derechos culturales de Naciones Unidas en todas sus propuestas para la erradicación de los nuevos extremismos y fundamentalismos.

Recuperando el pulso con el que la cultura europea logró frenar en defensa de su propia diversidad a la Organización Mundial del Comercio enarbolando “la excepción cultural” y apelando a la capacidad del arte y la creación para impulsar cambios sociales e incidir sobre nuestra capacidad colectiva para generar otros futuros posibles, se nos convoca ahora, frente al clima de polarización, las propuestas xenófobas y la presión creciente sobre las minorías europeas, especialmente migrantes y refugiados, a estar en primera línea en la protección de los derechos humanos y la democracia en Europa. Estoy convencida de que sabremos hacerlo. Ya lo hicimos muchas veces. Willcommen im Cabaret.

Ley de derechos culturales

 

(Todas las imágenes pertenecen a la iniciativa, impulsada por Julien de Casabianca, Outings Project, que lleva las obras de los museos a asaltar, por amor, la calle)

 

 

“Universalidad, diversidad y libertad son, en efecto,

los valores que forman la columna vertebral de los derechos culturales»

(Ley foral de derechos culturales de Navarra)

 

Desbordadas por un clima de polarización política que tiende a sofocar los ritmos lentos que requiere la construcción de lo mínimamente perdurable, así como habituadas al sesgo por el que damos por hecho que toda innovación cultural en España ha de venir de Madrid o Barcelona, corremos el riesgo de pasar por alto el hito que supone la ley pionera en derechos culturales aprobada hace unas semanas en Navarra.

Sabiendo que propuestas de ley de estas características, sin ser “propuestas electorales estrella que movilicen a las masas” sí son pasos muy importantes para la profundización democrática en nuestro país y contienen en su enunciación tanto el reconocimiento a la diversidad actual que caracteriza a la sociedad española, como una visión de futuro asentada en la apertura, la inclusión y el reconocimiento de la universalidad, podrían ser (deseo) punta de lanza de los programas culturales de signo progresista en las próximas elecciones autonómicas en España, como paso previo a la promulgación de una Ley de derechos culturales a nivel estatal (mientras no consigamos su reconocimiento explícito constitucional tal y como nos enseñó América Latina, yo no me olvido).

 

Me detengo, por tanto, en alguno de los ejes planteados en la Ley foral de derechos culturales de Navarra tanto por su concreción como por las líneas de trabajo futuro que señalan:

 

  • Supone un enorme avance el modo en el que incorpora en la legislación española la noción de identidad cultural ya reflejada en las Declaraciones Universales de la UNESCO sobre diversidad y protección y promoción de la diversidad de las expresiones culturales, recogiendo “la libertad de toda persona de elegir su identidad cultural y de decidir si participa o no y cómo en la vida cultural”  Este modo de referirse a la identidad siempre me recuerda esa reflexión bellísima de Avtar Brah: «el deseo de un hogar como algo distinto del deseo de una patria»

 

  • Es interesante el modo en el que  se han enmarcado las políticas culturales como “aquellas que defienden el valor de la cultura como bien común” y contribuyen a construir una sociedad más igual y democrática. Se establece así la correlación entre la protección y promoción de los derechos culturales con la defensa de la democracia. Sin diversidad no hay “demos”. Se refuerza este sentido de cultura como bien común con el reconocimiento del ecosistema cultural y creativo más allá de lo institucional y la centralidad que otorga al mapeo de iniciativas ciudadanas, así como al hecho de reflejar en el cuerpo de la ley el compromiso: “favorecerá y promoverá el procomún y la cultura libre”.

 

 

  • Relevante es también el reconocimiento a la intermitencia del trabajo cultural, movilización que siendo más fuerte en Francia que en España, obtiene también aquí sus primeros frutos, logrando:

“La protección y reconocimiento de la función de las personas trabajadoras en el ámbito cultural y de las emprendedoras de las industrias cultural y creativas”

“Las personas dedicadas a la creación cultural, en cualquiera de sus formas, tienen derecho a ser tratadas fiscalmente de forma razonable, ecuánime y equitativa atendiendo, en su caso, a la irregularidad y naturaleza intermitente de los ingresos que provienen de esa actividad, así como a su carácter complementario de otras actividades profesionales o económicas”

 

  • Interesante, relacionado con la importancia que se le ha dado a las condiciones laborales y económicas de las trabajadoras del sector cultural, es también la apuesta por la creación de “fondos u otros instrumentos financieros que faciliten el crédito a las micro y pequeñas empresas de los sectores culturales”. Es una línea de acción importante (se recogió una acción similar en el Plan de Industrias Culturales y Creativas del Ministerio de Cultura para 2018, en funciones de intermediación de acceso a crédito) por lo que ayuda a visibilizar y dignificar el sector cultural como sector profesional y económico en entornos de empleo o asesoramiento de corte más generalista.

 

 

  • Me ha resultado inspiradora la llamada, en el reconocimiento al derecho a la producción cultural, a poner también el foco de atención sobre el derecho a difundir y distribuir los resultados del ejercicio creativo. Ciertamente apunta a un sesgo por el que nos hemos concentrado militantemente en la reclamación del acceso a la cultura, dejando desprotegido el flanco del “derecho a llegar a los demás”. Aquí está el nudo gordiano del poder, no nos engañemos. ¿A qué “culturas” pedíamos acceder?, ¿qué “culturas” no han tenido derecho a “distribuirse”?

 

  • Se recoge un merecido reconocimiento a las profesiones vinculadas y a la función de la mediación cultural y artística promoviendo el hecho de:

“favorecer el acceso y vincular al público al conocimiento y comprensión de los códigos culturales de las manifestaciones artísticas y culturales”

“favorecer la participación del público en la construcción de significados”

 

  • Pero sin duda, la Ley foral de derechos culturales es un enorme paso adelante para el reconocimiento del derecho al patrimonio como un derecho humano, reconociendo no sólo el derecho al “acceso libre y equitativo al Patrimonio” sino al (nada gratuito) reconocimiento al “derecho a colaborar con su comunidad en la recuperación del Patrimonio”. Recogiendo décadas de lucha contra los procesos de las inmatriculaciones que en Navarra tomaron cariz de auténtico expolio, se recoge de modo explícito en la ley el hecho de que el acceso al patrimonio y el derecho a conocer su significado vincula también “a los bienes declarados de interés cultural cuya propiedad ostente la Iglesia Católica”. Por si acaso…

 

 

  • Interesante, por lo que animará acciones y debates en el resto de comunidades autónomas, es el hecho de reclamar la participación colaborativa del mundo rural y urbano en la conservación del patrimonio cultural inmaterial, huyendo de los peligros de la “turistificación” y falseamiento del patrimonio inmaterial de los territorios.

 

Esperanzada por el hecho de que en todo el articulado se haga referencia constante a la “inclusión de personas y grupos vulnerables”, a los derechos culturales de las personas con discapacidad, a la importancia de no olvidar en nuestras políticas culturales los derechos a participar en la vida cultural de las personas migrantes, a la importancia de la incorporación de la perspectiva de género en todas nuestras acciones culturales (desde el diseño, hasta la estructura de los equipamientos, etc.), la lectura de la Ley foral de derechos culturales de Navarra supone un contraste iluminador respecto a la imagen de país reflejada en los medios de comunicación en las últimas semanas.

Yo debo vivir en el país diverso, libre y orgulloso del legado de sus pueblos que se contempla en esta ley. Espero que entre todas consigamos la Ley Estatal de Derechos Culturales muy pronto. ¡Sea!

 

#ActForCulture: adhesión a la petición de CAE para las elecciones europeas 2019

 

Desde este espacio (y desde la vida entera) nos adherimos a la campaña promovida por Culture Action Europe llamando a la movilización del sector cultural en las decisivas elecciones europeas del mes de mayo, apelando a la responsabilidad profesional colectiva del sector cultural europeo para poner en el centro del debate político la defensa de los derechos culturales y la diversidad cultural y la protección de los derechos humanos en Europa frente a los discursos del odio. Nos hacemos eco de su manifiesto por si alguien más quiere sumarse (los materiales de la campaña pueden descargarse aquí):

 

 

PETICIÓN DE CAE PARA LAS ELECCIONES EUROPEAS 2019

 

El siglo de la diversidad (¿Hacia dónde vamos? El Correo Vasco)

 

Este artículo se escribió gracias a la invitación de El Correo Vasco y para su sección ¿Hacia dónde vamos? enfocada en la reflexión común sobre nuevos horizontes de acción y construcción de futuros posibles. Se publicó el domingo 25 de noviembre de 2018.

Ha querido la vida que hoy, día post-elecciones andaluzas, este texto aterrice en este espacio. Vaya dedicado por tanto a quienes levantan los olivos.

 

Hace unos meses escuché afirmar con rotundidad al maestro en políticas culturales recientemente fallecido, Eduard Miralles, que la diversidad sería para el siglo XXI lo que la libertad fue para el siglo XIX. Nos animaba así a sumar a la libertad, la igualdad y la fraternidad, la diversidad que, según él,  faltaba para que las tres anteriores fuesen realmente ciertas. Frente a la ola regresiva mundial en materia de derechos humanos que estamos afrontando y que se sostiene especialmente sobre el odio a las mujeres y las niñas y la presión sobre las minorías de todo signo, propongo, a modo de construcción de un horizonte común, que concentremos nuestra mirada en la agenda de derechos por conquistar que nos corresponde colectivamente alcanzar en este siglo.

Apoyándonos en el calendario de trabajo de la próxima década tanto en el seno de Naciones Unidas como de la UNESCO y dándole la razón al sociólogo Alain Touraine que afirmó hace unos años categórico “la lucha social de hoy es por los derechos culturales”, en la conversación global empezaremos a escuchar con más fuerza algunos de los siguientes temas:

  • El cambio hacia un nuevo paradigma cultural sustentado en la interdependencia y la protección de la vulnerabilidad como ejes de profundización de nuestras democracias que está impulsando el feminismo en todo el globo frente al actual modelo cultural en descomposición del “homo economicus” que subyace bajo el modelo económico global (el héroe irreal sin vínculos hecho a sí mismo que jamás se cansa ni enferma, envejece o muere y, por tanto, ni forma parte de la Naturaleza ni necesita afecto o cuidado)

 

  • Frente a la idolatría tecnológica, cobrará fuerza la necesidad de rehumanizar nuestros sistemas educativos para prevenir el riesgo creciente de incitación al odio, construcción cultural de chivos expiatorios y extremismo global. En esta labor de rehumanización inclusiva se seguirá poniendo en cuestión la actual exclusión en nuestros libros de texto y nuestros cánones sociales de conocimiento tanto del legado cultural de las mujeres como de las minorías así como nuestra ceguera colectiva ante nuestra propia historia de diversidad cultural.

 

  • Asistiremos cada vez con más fuerza a la reivindicación tanto de las mujeres como de todas las minorías de su derecho a participar en la creación de la vida cultural en condiciones de igualdad, no sólo en el campo de las artes y las ciencias, no sólo en consideración a su dimensión como audiencias o públicos, sino a través de su derecho de acceso a la creación artística, la igualdad de condiciones en la distribución y exhibición de sus obras y el reconocimiento económico de su trabajo. Jugará un papel estratégico global, como lleva años mostrándonos la maestra Maider Maraña, la conquista del derecho a identificar y definir qué consideramos como “patrimonio de los pueblos” y las acciones colectivas que desplegaremos para que toda la riqueza de nuestra diversidad cultural (la creación de las mujeres, las culturas campesinas y obreras, las culturas migrantes) se vea reflejada y forme parte de lo que celebramos como Patrimonio de la Humanidad.

 

  • Frente al canto de cisne de los liderazgos de la crueldad, el modelo regresivo actual, emergerán nuevos liderazgos culturales que pondrán en cuestión la sostenibilidad del modelo de masculinidad militarizada y heroica. Desde los campos activistas, por ejemplo, de la diversidad funcional o la diversidad mental se nos obligará a incorporar a la conversación social la necesidad de articular políticas públicas, también políticas públicas culturales, que afronten la necesidad de reconstrucción del lazo social, la realidad del dolor afectivo en nuestras sociedades y la prevención de la soledad como pandemia de este siglo, como hemos visto en la reciente creación del Ministerio de la Soledad en Reino Unido y ante la que tanta labor de prevención y articulación comunitaria puede desplegar la acción cultural.

 

  • El reconocimiento de los derechos colectivos en el seno de los derechos humanos, especialmente los derechos culturales colectivos, los derechos de la naturaleza y los de las generaciones futuras será una de las exigencias impostergables de este siglo. Afrontaremos, por ejemplo, sin duda, diversas iniciativas para impulsar una nueva Declaración de la UNESCO que dé mayor protagonismo a la protección de los derechos lingüísticos y la salvaguarda de las lenguas minorizadas, como ya avanzó todo el trabajo desarrollado por el Protocolo de Donostia.

 

  • Afrontaremos un reto decisivo alrededor del reconocimiento del derecho a la tierra como un derecho humano, sobre el que descansa no sólo la protección de nuestras culturas rurales y todo el legado patrimonial de nuestros conocimientos campesinos y de montaña, sino también la necesidad urgente de proteger a las defensoras ambientales que están sufriendo niveles inenarrables de violencia en todo el globo.

 

Por todo ello, la realidad en los próximos años nos exigirá desarrollar una mirada abarcadora que tenga en la inclusión uno de sus pilares fundamentales y se ampare en la humildad para reconocer que sólo la diversidad protegerá nuestras democracias.

 

 

Pan y rosas hoy: el empoderamiento económico de las mujeres

(Todas las imágenes hacen referencia a la movilización global por los derechos de las trabajadoras domésticas)

 

Para todas las que me escuchan, pan y rosas, pan y rosas

 

Hace unas semanas, la Secretaría General Iberoamericana presentó un informe de conclusiones importante  “Estrategias legales para el empoderamiento económico de las mujeres” en el que se ponían en el centro los obstáculos legales a los que aún tenemos que enfrentarnos las mujeres de la región para poder acceder en igualdad de condiciones a la gestión de nuestro propio dinero. Como, para mi sorpresa, esta línea de acción básica para el impulso de la riqueza de los pueblos, no encontró las portadas ni la apertura de telediarios que merecía, queriendo sumarme yo también a este impulso y al debate al que invita, recopilé parte del conocimiento vivo que en relación a la economía cotidiana de las mujeres toca día a día mis oídos, mi jornada laboral y «la-embajada-que-siempre-recibe-a-altas-dignatarias-llegadas- de-todos-los-pueblos-del-mundo-a-las-que-llamáis-migrantes» y en la que los faltos de espíritu ven una simple mesa.

 

Teniendo en cuenta la resistencia profunda que subyace ante el hecho de negarnos a ser encasilladas como “consumidoras”, esa suculenta parte del pastel que supone hoy día conquistar a las mujeres como “mercado”, para reivindicarnos hoy e históricamente como productoras de riqueza, invisibilizada tradicionalmente por los instrumentos de medición del PIB, estamos asistiendo, desde distintos focos y matices pero con un horizonte común, a la reivindicación del reconocimiento de las mujeres como lo que son: la abundancia de sus pueblos.

Cuando escucho, desde el centro de mi corazón, hablar a las mujeres de su empoderamiento económico me cuentan:

  • El reconocimiento del derecho a la tierra como derecho humano, prioridad estratégica del feminismo global:

Aunque hemos venido hablando de este tema en ocasiones anteriores (aquí y aquí), tanto en España como en Europa esta emergencia se percibe como “algo que queda lejos”, como si parte de la migración económica femenina y crisis de refugiadas pudiese desvincularse de los efectos que produce la creciente degradación de la calidad del suelo, sus efectos sobre la alimentación y el hambre, el acaparamiento de tierra y persecución a defensoras territoriales o el creciente desmantelamiento del tejido económico local frente a la presión de las transnacionales (Inciso para periodistas en la sala: ¿de verdad no va a haber ningún periodista que ponga en el centro de la cobertura de la Caravana migrante centroamericana un análisis con perspectiva de género que denuncie las consecuencias devastadoras para toda una sociedad que ha tenido la adopción de las Zonas Económicas Especiales y el modelo laboral de la maquila sustentado en la explotación laboral extrema de las mujeres? Si degradas económica y laboralmente a las mujeres, por los índices de repercusión económica local que tiene tradicionalmente el empoderamiento económico de las mujeres -gastamos nuestro dinero CERCA, en producción local, en niveles muy superiores a los hombres, reinvertimos tradicionalmente los beneficios en nuestro entorno-, las comunidades se desintegran, lo que muere es un país). El reconocimiento del derecho a la tierra es una prioridad estratégica feminista global que actualmente está en disputa en el seno de Naciones Unidas y de la que España no puede ni debe desentenderse. Cual mantra de este espacio, lo vuelvo a repetir: la presión extractiva en el Sur global, llega a Europa por nuestro Sur rural europeo.

 

  • La desigualdad económica no salta a la vista: redefinición cultural de los criterios de éxito económico y riqueza

 

Entre las cosas más sorprendentes que me han enseñado las mujeres se encuentra el aplastante éxito que el modelo del “homo economicus que tiene que competir a muerte en un mundo de escasez” ha tenido sobre nuestros imaginarios cotidianos. El reparto doblemente desigual para las mujeres de la riqueza y los recursos está felizmente enmascarado bajo la fantasía de la escasez. Suelo romperme varias veces al día al escuchar a mujeres absolutamente aplastadas por el sobreesfuerzo decir que quizá no se han esforzado lo bastante para alcanzar el éxito económico en un mundo en el que la feminización de la pobreza ha llegado a naturalizarse. Deben ser mis ojos, que cada vez que escucho la palabra “abundancia”, son incapaces de comprender qué realidad materialmente concreta se esconde bajo el índice Dow Jones y, sin embargo, se solazan en campos de trigo y amapolas y en manos que amasan pan. Hay una inmensa tarea cultural pendiente en esta dirección, reconquistar la definición colectiva de riqueza y volver a vincularla con la inmensa paciencia de la tierra (el ecosocialismo nos tira con un zapato por tardar tanto en llegar)

 

 

 

  • Discurso iberoamericano sobre emprendimiento en Europa:

Entre las muchas cosas que el espacio cultural iberoamericano ha conquistado para el resto está su disputa sobre la conceptualización del emprendimiento. El modo en que ha logrado vincularlo con criterios de refuerzo comunitario y visión territorial, el impulso al emprendimiento socio-cultural como modo tanto de protección como de reactualización del patrimonio cultural, su apuesta por los modelos de emprendimiento inclusivo y el impulso estratégico decisivo del emprendimiento de las mujeres vinculado a procesos más amplios de empoderamiento desde la base (otro mantra de esta web: no en balde la Carta Cultural Iberoamericana lleva en su seno la apuesta por la economía social de la cultura) chocan con el abrasador y dicotómico debate en España “emprendimiento panacea/emprendimiento Satanás”, apartándonos del reconocimiento de las posibilidades que la innovación social también desde la empresa puede tener tanto para nuestros territorios como para la reconstrucción de comunidad (¿no teje el pequeño comercio ciudad?).

 

  • Sindicalismo feminista e interseccional:

 

Hay una escena de “La ciudad no es para mí” que a veces me sirve como metáfora íntima de país y me hace sonreír por dentro. Es una frase de Paco Martínez Soria que, dolido ante esa nuera que reniega y se avergüenza de sus orígenes rurales, del hambre y el trabajo del que procede, espeta: “Tanto Luchy, tanto Luchy y se llama Luciana”. Viene continuamente a mi memoria cuando la realidad laboral de las trabajadoras domésticas y las internas toca en cualquier grado mi día a día, el barómetro del CIS de mi mesa. España: tanto Luchy, tanto Luchy y te llamas Luciana.  A la petición permanente para ampliar el conocimiento de los derechos laborales de las mujeres en nuestro país, se une la emergencia de impulsar un nuevo modelo, fuera del formato “liberado”, de sindicalismo feminista e interseccional que logre articular respuestas a las cadenas de explotación en las que participamos las mujeres. Para mí, sin duda, la punta de lanza para el avance de los derechos laborales de las mujeres en todo el globo (junto a las mujeres campesinas) está representada por la lucha de los derechos de las internas, trabajadoras domésticas sobre las que se está encarnando la sombra del ficticio boom económico español y cuya explotación, en muchos de los casos en régimen de auténtica semi-esclavitud, está dándose en la reclusión de nuestros espacios domésticos. Hemos pasado de ser un país que, en su domesticidad, besaba los mendrugos de pan antes de tirarlos a la basura a convertirse en centros de explotación laboral hacia mujeres migrantes, racializadas. La protección y fuerza sindical del sector, aunque ya presente, aún es escasa y son la clase obrera más vulnerable de este país. Asi que, como escucharían mis abuelas castellanas los domingos, habrá que decir: “Que manden obreras a esta mies, que la labor es mucha.”

 

 

  • Incidencia feminista en la política económica: techos de cristal y suelos pegajosos A LA VEZ

Quienes queremos apostar por una mirada y participación social, económica, política entrenada en el reconocimiento de la interdependencia, no podemos caer en la trampa de las falsas dicotomías. Los techos de cristal que impiden a las mujeres el acceso a la toma de decisiones y los suelos pegajosos de la precariedad son un continuo de explotación, el final de ambos, desde una mirada de integración, se dará a la vez. El hecho de que las mujeres seamos sólo el 8% de las inversoras en este país y que en ese 8% se haya refugiado gran parte de la inversión socialmente responsable y de impacto social también es una prioridad: las mujeres estamos fuera de la decisión sobre qué sectores productivos MERECEN crecer e impulsarse y sobre qué criterios tomamos en cuenta como país para definir qué es lo rentable. A lo mejor, si ocupamos este espacio, quién sabe, logremos desarrollar indicadores en productos de inversión que certifiquen que la explotación hacia las mujeres ya no cotiza en Bolsa y repliquemos en todo el tejido empresarial lo que, para el tejido social feminista, nos han enseñado iniciativas de financiación como el Fondo Calala.

 

  • Genealogías económicas de las mujeres

¿Cuál ha sido la relación histórica de las mujeres con el dinero?, ¿incorporamos también las heridas de explotación económica entre mujeres, “las criadas y las señoras”, el dolor punzante de las cholas?, ¿cuál ha sido nuestra aportación diferencial a la riqueza de nuestros países?, ¿qué hicieron nuestras mayores para sobrevivir económicamente, cuáles fueron sus estrategias frente a la pobreza, frente al hambre?, ¿cómo crearon cajas de resistencia?, ¿quiénes se batieron el cobre para que las siguientes pudiésemos tener acceso a nuestro dinero?, ¿quiénes consiguieron estos cambios legales?, ¿qué empresarias amamos nosotras sin que nos las imponga nadie?, ¿qué redes de solidaridad económica entre mujeres se saltaron todas las barreras sociales habidas y por haber para avanzar juntas?, ¿lograremos que sean duelo de país algún día nuestras muertas en accidentes laborales?

 

  • Salud mental y empoderamiento económico de las mujeres:

La pobreza y la precariedad tienen un impacto devastador sobre la salud mental de las mujeres. El tejido emocional de la precariedad está asentado sobre la vergüenza y el sentimiento de soledad de muchas de ellas. En un reciente informe del Colegio de Sociólogos y Politólogos de Madrid sobre la situación laboral de las mujeres migrantes, todo el mundo quedó sorprendido por un puntaje inesperado: su prioridad demandada no era trabajo, la prioridad era salir de la pandemia contemporánea de soledad. Los climas laborales enrarecidos por la temporalidad y las prácticas depredatorias, la individualización y retorno al espacio doméstico del trabajo de las mujeres y la desigualdad en la capacidad de negociación están teniendo un efecto de lo más real no sólo sobre la salud física, sino sobre la salud mental de las mujeres en nuestro país. El dolor de las demás es nuestro.

 

Recojo pues, por aquí, un hilo más para este reto global, impulsada también por un recuerdo. Cuando una de mis castellanísimas bisabuelas, tratando de salir de la persecución política, la guerra y el hambre se plantó en mitad de un corral y empezó a cobrar por arreglar bicicletas con sus propias manos, estaba empoderando a las mujeres futuras de un país. En reconocimiento a ti y a todo lo callado en aquel gesto, bisabuela, hoy seguimos.