Economía de la credibilidad

 

Este hilo de pensamiento se escribió para ser compartido en este encuentro.

Con gratitud, ¡conste!

 

La economía de la credibilidad es el pegamento cultural que necesitan los privilegios y el abuso de poder en nuestras sociedades para perpetuarse y mantenerse y sobre lo que nosotras, como agentes culturales no podemos seguir siendo ciegas ni evadirnos de nuestra responsabilidad pública y democrática frente a ella, especialmente en el clima de creciente retroceso en materia de derechos humanos.

Para mí, negar la existencia de los “sutilísimos” o no tanto mecanismos que regulan cómo se construye y legitima la credibilidad a nivel social es casi como negar la existencia de la ley de la gravedad sobre la tierra.

Toda forma de exclusión social y de opresión viene acompañada, entre otros múltiples factores, de dos cosas:

  • La ausencia de control sobre la propia imagen, la incapacidad de auto-representarse.
  • La deslegitimación de la palabra propia y por tanto de la propia capacidad de trasladar tu experiencia y tu visión y vivencia del mundo a través de la negación de la credibilidad ( los “son gente de poco fiar» que sufren todos los colectivos subalternizados de la tierra).

Y sobre esta forma específica de violencia hemos venido a coincidir, no por casualidad, desde el feminismo, el antirracismo, las organizaciones de lucha contra la pobreza, todos los movimientos decoloniales que en el mundo han sido, todos los colectivos que trabajan por la autonomía de las personas con discapacidad, las víctimas de abusos sexuales, los agentes involucrados en procesos memoriales y de construcción de paz. Todas las otras del mundo, diverso y real, estamos poniendo sobre la mesa la necesidad y la urgencia cultural de transformar los mecanismos que regulan un valor central para la existencia democrática como es la credibilidad.

Y voy a empezar, antes de llegar específicamente a nuestro papel como agentes culturales, por los casos más graves para que veamos la centralidad que tiene la cuestión de la credibilidad en nuestras democracias. Y voy a España, pero sí citando la importancia que tuvo el caso del asesinato de George Floyd en EEUU hace unos años a manos de la policía mientras decía una y otra vez una y otra vez “No puedo respirar”.

Es el caso de una mujer de 26 años, Andreas Fernández que falleció en una situación de desamparo institucional, en un hospital asturiano en 2017 por meningitis y que, por contar con antecedentes de enfermedad mental en su familia, no fue creída por ninguno de los 7 facultativos que la vieron y que murió atada (permaneció contenida) en la cama de la planta de psiquiatría sin ser diagnosticada del tremendo ataque de meningitis que estaba sufriendo. Todas las opresiones del mundo se concentraron aquí.

Y el segundo caso es la realidad de que hasta hace tan sólo unos años, la esterilización forzosa de personas con discapacidad era legal en España.

 

 

Y a través de estos dos casos quiero volver a incidir, aunque resulte insistente, en el enorme potencial transformador que para el mundo de la cultura reside en el concepto de la injusticia epistémica, reconociendo, por ejemplo, el impacto que está teniendo en el campo del derecho en Argentina para la lucha contra el feminicidio y la lucha contra el abuso sexual a las niñas y los casos de embarazo precoz forzado.

  • Repitiendo una vez más, hablamos de injusticia testimonial cuando en un sistema social la palabra, el testimonio, la experiencia vital de una persona se encuentra devaluada y tiene menos reconocimiento social que las demás. Por tanto toda su experiencia de vida, toda su cosmovisión, su mundo cuenta con menos credibilidad que la del resto, Por tanto, si no se visibiliza, si no se debate, si no se hace emerger el hecho de que antes de poder hablar de verdadera democracia, necesitamos trabajar sobre la equidad de expresión, la equidad en el acceso a la palabra pública, estaremos dejando fuera una de las dimensiones CLAVE que aquilatan la exclusión social.

De hecho quienes trabajan en marcos de lucha contra el racismo y contra los delitos de odio saben que hay que poner el foco sobre la infradenuncia, el hecho de que el mayor número de delitos de odio permanecen impunes porque las víctimas no lo denuncian, porque pesan sobre ellas como una losa los mecanismos de la credibilidad. Así, personas gitanas, migrantes, afrodescendientes, personas sin hogar y un largo etcétera se topan contra este muro que mantiene la opresión.

Y el segundo caso, con el tema de las esterilizaciones forzadas, nos sirve para ejemplificar una forma de violencia profundamente cultural como es la injusticia hermenéutica, cuando la sociedad a tu alrededor ni tiene las palabras ni tiene los conceptos ni tiene las representaciones para que tu dolor, tu experiencia vital de dolor tenga estatuto de realidad, se conceptualice como problema y exista. Aquí están las personas con discapacidad que reivindican la vida autónoma, aquí está la lucha contra las contenciones mecánicas en las residencias de mayores…

Por tanto, tenemos que ser muy conscientes de que no actuamos culturalmente sobre tábulas rasas, que estamos engarzadas, lo queramos o no, en entramados sociales que perpetúan a través de prácticas de silenciamiento, de negación de la credibilidad y distorsión y de negación al control sobre la propia imagen, situaciones de opresión y exclusión social y territorial (aunque no entraré ahora en este último punto).

 

 

De modo que, a lo mejor, desde la gestión cultural, desde las políticas culturales tenemos que ampliar el rango de nuestras propias preguntas -y me hace muy feliz estar entre programadoras culturales y toda la gente que está decidiendo desde distintas esferas qué, cómo, por qué y para qué es relevante para los públicos de Sevilla-.

 

  • Sabiendo que toda opresión, toda exclusión social viene acompañada de un déficit de credibilidad que se sirve de prejuicios, estereotipos y construcciones simbólicas distorsionadas y culturales que lo refuerzan, en mi rango de acción, en mi esfera de actuación, ¿quiénes cuentan con menos acceso a la autoexpresión?
  • ¿quiénes no tienen ningún tipo de control sobre los relatos e imágenes que se construyen sobre ellos?
  • ¿qué representaciones simbólicas considerarías denigrantes si fueses tú la persona representada?
  • ¿qué estereotipos o prejuicios se siguen perpetuando a mi alrededor bajo mecanismos “inocuos” y “aparentemente neutros” como son la tradición, la burocracia o la desidia?

 

En la entrevista que Jordi Évole le hizo hace unos días a Rodrigo Cuevas, comentando todo el bullying que había sufrido en su infancia, compartió una expresión muy bonita en relación al peso de las representaciones culturales sobre la legitimación de las violencias “de mí no te ríes más, eso no es de risa» desactivando cómo se construye la exclusión desde mecanismos aparentemente veniales y se señala quién es el sujeto diana de la ridiculización social.

Más preguntas, que esto era para dejaros respirar:

  • ¿qué discursos tradicionalmente subalternos, qué minorías sociales tienen acceso a la representación pública?, ¿cómo contribuimos a la equidad en el acceso a la escena pública?

Porque, mirad, frente a las “culturas del silencio” de las que hablaba Freire están surgiendo como las llama José Medina, las “epistemologías de la resistencia” o como las llamo yo más a la pata la llana, nuestra capacidad como agentes de cultura de entrenar nuestra mirada y nuestro oído para leer los vacíos y escuchar los silencios.

 

José Carlos Agüero en “Los rendidos” dice:

Así como cada voz tiene un timbre y una altura, cada silencio tiene un registro y una profundidad.

  • ¿Quiénes faltan?, ¿qué silencios se escuchan a tu alrededor y necesitan de tu capacidad técnica para mostrarse?

 

Y pongo un ejemplo:

El gran maestro e investigador de paz, de procesos de paz, de construcción de paz Juan Gutiérrez se puso como meta hacer emerger a nivel social y cultural lo que él ha llamado “Hebras de paz viva”, en escenarios de postguerra, postconflicto o altísimamente polarizados, es decir, bajo el control de la imagen de amigo/enemigo, aquellos relatos y experiencias de personas que se negaron a considerar al otro como enemigo, que lo ayudaron, que lo salvaron, que desobedecieron a los suyos por pura humanidad, porque en estos contextos es necesario romper la escena tal y como ha sido construida y fosilizada. Y se fue a buscar a la gente del teatro, se apoyó en expertos en artes escénicas para contar con el bagaje técnico de cómo construir y amplificar una representación social diferente.

 

No es lo mismo callar un nombre que callar otro nombre, que diría de nuevo José Carlos Agüero:

 

  • En nuestro entorno cercano, en los espacios en los que operamos y sobre los que decidimos, ¿qué estamos prefiriendo no saber?, ¿están nuestras decisiones perpetuando formas sociales de ignorancia?
  • ¿el dolor de quién podemos estar minimizando o ridiculizando a través de la representación cultural que avalamos?, ¿qué piensan de esta representación los representados?
  • ¿pueden mis decisiones contribuir de alguna mínima manera a que formas sociales de dolor cuenten con mayor visibilidad, se perciban y se reconozcan?
  • ¿hay alguna forma socialmente aceptada de ridículo, descrédito, desprecio o difamación de colectivos oprimidos, minorías, personas en riesgo de exclusión que a través de mis decisiones pueda ser frenada, contestada?
  • ¿puedo contribuir de alguna manera a la complejidad?, ¿hay algo con lo que pueda romper simplificaciones o dicotomías?

 

Y no quiero olvidarme del papel que juegan las artes escénicas, especialmente cuando se vinculan a conmemoraciones públicas, actos de identidad colectiva, la performatividad de los duelos públicos, donde más claramente se pone de manifiesto el control de la escena pública por el poder, qué es lo que se legitima simbólicamente desde ahí:

  • Qué duelos no tienen derecho al llanto público, qué merece una conmemoración representada, quiénes nos dan culturalmente la identidad territorial (¿por qué Agustín García Calvo no es lo primero que nos viene referencialmente a la cabeza si yo os digo Castilla y León?)
  • Aquí también podríamos preguntarnos qué cánones oficiales seguimos perpetuando de forma acrítica, qué genealogías nos definen, si hay capacidad transformadora para el presente en espacios que fueron silenciados o directamente ni considerados como existentes por la tradición. Somos responsables de nuestra repetición (Por cierto, qué peliculón de país para quien sepa verlo está por contar a través del hallazgo de la extremeñísima Biblioteca de Barcarrota…)

Básicamente y resumiendo:

  • Al servicio de qué ponemos la escena, qué estás legitimando, qué estamos legitimando a través de nuestra acción cultural o como dice Judith Butler en “Vida precaria” preguntémonos como sector cultural sobre “qué puede y no puede ser pronunciado en voz alta en la esfera pública” porque en los límites de lo decible, en los límites de lo que puede aparecer en escena y lo que no, es donde se juega la profundización democrática.

 

 

 

De modo que desde nuestra estricta responsabilidad como constructoras de imaginarios y expertas de las dimensiones simbólicas:

  • Cómo podemos contribuir, oh pueblo de Atenas, a ensanchar y a proteger los espacios de palabra pública y toma de decisión y cómo podemos convertirnos en aliadas de quienes están peleando por el derecho estratégico a acceder a su propia narración.
  • Cómo podemos contribuir a educar en la expresión pública, cómo podemos imaginar juntas otras maneras sociales de poner en escena la palabra de un modo más incluyente.
  • Cómo el teatro mediterráneo puede volver a enseñarnos un poquito de democracia.

 

Así que resumiendo, para no aburriros y poder seguir hablando juntas:

  • Nuestro trabajo diario, pequeño, cotidiano no opera al margen de los procesos sociales de silenciamiento y devaluación de la credibilidad que acompañan siempre a la exclusión social y a la violencia. Es decir, que en el campo de la representación cultural hay mucho que decir y mucho que desvelar a favor de la equidad y los derechos humanos.
  • Y que en esta construcción de nuevas posibilidades en nuestros imaginarios, en nuevas formas de sensibilidad social, en sociedades capaces de otras formas de escucha se está jugando a día de hoy la democracia.
  • Que las voces que son creíbles o no y que cuentan con autoridad social no están al margen de las estructuras de poder y los privilegios.
  • Y que necesitamos a quienes tenéis el amor y la capacidad para impulsar relatos, montar escenas, dotar de sonido y luz… reivindicándose como agentes clave para hacer que la palabra pública se cuide y escuche y contribuya de nuevo a ensanchar la democracia.

 

Género, migración y derechos culturales-Universidad Iberoamericana Ciudad de México, 25 de octubre

 

 

Dentro de los Foros por la Paz organizados por la Universidad Iberoamericana de Ciudad de México en colaboración con los programas de Género e Inclusión y Asuntos Migratorios, será un ¡placer! conversar y tejer posibilidades de futuros más abiertos y humanos este 25 de octubre junto a las maestras Elvia González del Pliego y Margarita Núñez Chaim. Un privilegio.

Gracias a la IBERO y a sus programas de incidencia por estos espacios de reflexión al servicio de la transformación social.

GÉNERO, MIGRACIÓN Y DERECHOS CULTURALES
25 de octubre, 9:00-11:00 horas CDMX

Auditorio Xavier Scheifler y de Amézaga, S.J

(Edificio S, segundo piso)

V Jornada sobre Cultura Inclusiva i Arts Comunitàries. Creació de vincles: un pas necessari per a la inclusió

 

(PUEDES VER LA JORNADA COMPLETA EN ESTE ENLACE)

Por si alguien quiere ir agendando, comentando o inscribirse, el 18 de mayo tendré ¡el placer! de participar en la conversación tejida en:

V Jornada sobre Cultura Inclusiva i Arts Comunitàries (18 de mayo de 2022), organizada por L’Institut Català de les Empreses Culturals (ICEC), mitjançant el Servei de Desenvolupament Empresarial (SDE) i l’Àrea de Públics y comisariada por la especialista en creación y producción artística comunitaria Eva García.

Conversaremos sobre la creación de vínculos como paso necesario para la inclusión, qué papel pueden desempeñar las artes y la cultura para crear sentido de pertenencia y comunidad y cómo la protección de los derechos culturales es una condición clave para hablar de acceso al conocimiento y la cultura y profundizar nuestras democracias.

Se compartirán experiencias referentes en este campo como las desarrolladas por La Panera, La Volta o Diversorium y tendremos la oportunidad también de escuchar a Alex Sarian desde Canadá.

¡Gracias por la oportunidad de esta reflexión y por la confianza!

Como la participación será tanto presencial como virtual, en este enlace puedes ampliar la información e inscribirte. Si quieres nos vemos y reflexionamos juntas sobre este tema clave, ¡gracias!

Programa de la Jornada aquí

Glosario de la Jornada aquí

Referencias de la Jornada aquí

Dignos de duelo

 

 

A la memoria de K.M, menor migrante marroquí que al cumplir los 18 años, 

se suicidó hace unos días en un centro de Bilbao.

Con su madre en mi corazón, y abrazando al educador y al compañero que trataron de reanimarle sin éxito.

 

Para tratar de contrarrestar la atmósfera de confusión y aturdimiento de las últimas semanas, aprovechaba estos días para leer el último libro de Judith Butler “La fuerza de la no violencia. La ética en lo político”. El diálogo que establecía  la lectura con la realidad circundante era tan directo que apunto por aquí algunas de las ideas centrales, que para mí siguen inspirando de un modo muy concreto un modo de acción política para el presente.

  • Semántica pública de la violencia: es interesante el modo en el que se desgrana la batalla política alrededor de la definición de qué consideramos en la esfera pública violencia y no violencia, como se subraya muchas veces en el libro “la violencia siempre se interpreta”. Es necesario cuestionar colectivamente los parámetros desde los que nace la definición, dado que es una prerrogativa del poder imponer su propio marco interpretativo, legitimar la exclusividad de su uso y sofocar el campo de las resistencias a dicho poder a través de la semántica pública.

 

“La violencia es aquello que está perpetuamente sujeto a una oscilación de marcos que pivotan en torno a las cuestiones de la justificación y la legitimidad”

 

“Las estructuras de desigualdad afectan la manera en que se percibe y nombra la violencia y la forma de captar y declarar su carácter injustificable”.

 

  • Individualismo y ética de la no violencia: saliendo de la tiranía implícita del “homo economicus” que recorre como un fantasma el pensamiento occidental de los dos últimos siglos, Butler subraya la importancia de romper el marco individualista a la hora de hablar de la ética en lo político. Es muy interesante cómo, a través de una reflexión sobre los modos en que se justifica la violencia apelando a la “defensa propia”, se nos plantean dos preguntas:
    • ¿a quién consideramos como tal “yo” con derecho a ejercer la defensa propia?
    • ¿hasta dónde llega el “yo” legitimado para defenderse? (¿incluye familia, comunidad, religión, nación, territorio tradicional, prácticas habituales?)

“Sólo aceptando la interdependencia es posible formular obligaciones globales.”

 

 

  • Interdependencia y “yoes” dignos de defensa: a raíz del análisis de las justificaciones de “defensa propia”, especialmente en escenarios bélicos, se realiza una crítica muy profunda sobre esta visión del “yo que se defiende”. Si la violencia se caracteriza por ser un ataque contra los vínculos, si en esencia busca la ruptura de la vinculación viva y persistente y teniendo en cuenta que no hay vida posible sin una red de interdependencia social que la sostenga:

“La violencia contra el otro es violencia contra uno mismo, lo cual se ve claramente cuando comprendemos que la violencia ataca la interdependencia que es, o debería ser, nuestro mundo social.”

 

  • Vidas dignas de duelo:

De nuevo Judith Butler nos señala la construcción social y cultural de qué consideramos vidas dignas de duelo, eje central para entender qué significa hoy tanto la violencia como la no violencia.

    • Qué hace que una vida sea valiosa.
    • Qué determina la desigualdad a la hora de valorar diferentes vidas.

¿Por qué es tan importante la reflexión alrededor de la construcción de los duelos públicos y sus ausencias? Porque nos obligan a actuar sobre las condiciones que hacen que una vida sea posible o imposible, ya que nunca estamos separados de las condiciones que nos sostienen.

 

  • Radical igualdad de lo protegible: no negaré que en mi lectura no haya subrayado de todas las maneras posibles este término que Judith Butler plantea como la vía estratégica para la profundización democrática en la situación actual, ampliándolo al entorno animal, natural, radicalizando la protección de la vida y partiendo de una crítica a la producción diferencial de la vulnerabilidad. Parte de una pregunta luminosa: ¿qué es lo que nos lleva a preservar la vida del otro?, ¿qué es lo que nos mueve a considerar que las vidas de los demás son valiosas? Desde la aspereza anti-naif de Butler (“ninguna posición contra la violencia puede darse el lujo de ser ingenua”), elabora todo un análisis sobre la reciprocidad y la igualdad radical en el hecho de ser dignos de duelo. Es muy interesante, no obstante, el modo en que Butler realiza algunas críticas alrededor del propio uso político del término “vulnerabilidad” que puede inducir procesos de paternalismo, fijar posiciones de opresión negando la capacidad de agencia de los colectivos y sobre todo lo demás oscurecer las condiciones que construyen situaciones de vulnerabilidad social. No son las personas ni los colectivos los vulnerables, son las condiciones las que construyen las situaciones de vulnerabilidad.

 

He querido compartir mi lectura como un gesto sencillo y vincular, pero también como una forma de mostrar respeto y duelo.

 

Libro de la Campaña «Que lo esencial deje de ser invisible: Sumamos y Proponemos»

Ha sido un auténtico privilegio (GRACIAS) participar y formar parte de la Campaña «Que lo esencial deje de ser invisible: Sumamos y Proponemos» sobre iniciativas de solidaridad durante la pandemia de la COVID-19 impulsada por CEIPAZ, DEMOSPAZ, Cátedra UNESCO en Educación para la Justicia Social, WILPF España y Fundación Cultura de Paz.

Junto a los textos recogidos en la web de la campaña (puedes leer Cultura para una pandemia aquí), ahora se publica en formato libro prologado por Federico Mayor Zaragoza, recopilando así tanto el Manifiesto como los más de 40 artículos y 50 carteles que se han elaborado colaborativamente para construir mirada que ponga en valor lo que construye, enlaza y protege la vida, ¡también desde las políticas culturales!

Si quieres disfrutar del libro, puedes descargarlo aquí.

Y si quieres conocer el Manifiesto, aquí está. ¡Que sigáis bien!

 

Sin miedo. Formas de resistencia a la violencia de hoy.

 

“No le dio nunca la espalda al lenguaje, ni a la política, ni a la esperanza”

Judith Butler definiendo a Julio Cortázar

 

Me refugiaba estos días, teléfono apagado, zooms lejos, en la lectura del último libro de Judith Butler, Sin miedo. Formas de resistencia a la violencia de hoy. Como quien se descalza para escuchar, agradeceré por siempre que la lectura de estas cinco conferencias, con aroma y presencia tan latinoamericano, me hayan acompañado en esta semana de confinamiento.

Recogiendo, por el formato comunicativo que da pie al libro, pensado para exposición pública, algunos de los temas recurrentes presentes en su obra en los últimos años, quiero detenerme en los puntos que me han resultado inspiradores e instigadores de mayor reflexión conjunta, por si crea entre quienes nos asomemos por aquí, conversación.

En la primera de las conferencias del libro, centrada en la definición del Discurso valiente y la resistencia, se entra a analizar cómo se construye, más allá de la valentía del discurso disidente individual, asambleas políticas capaces de parresía. Como plantea explícitamente “¿es posible replantearse la valentía y el discurso fuera del marco del individualismo?” Analizando si, colectivamente, le damos valor a la valentía y cómo se articula esta voz disruptiva que se atreve a decir el Emperador va desnudo, se plantea también el peso que juega el miedo y su superación en la propia definición de esta palabra valiente (“sólo quienes están bajo el poder de otros pueden embarcarse en la parresía”). Definiendo el poder de esta palabra dentro de los marcos de lo que se pone en juego en una vida concreta ante el mero hecho de denunciar un abuso de poder, se nos plantea si podríamos pasar de “nuestra noción del coraje como virtud moral (propia del individuo) a una función y un efecto acumulativo del acto solidario”. Así, las asambleas radicales democráticas y valientes tendrían algunos elementos en común: se caracterizarían por la horizontalidad y en ellas existirían procedimientos informales que buscasen alcanzar ideales de igualdad, inclusividad y antiautoritarismo, conscientes de que es la necesidad de los otros, la simple realidad de la interdependencia, la que nos permite reconocer una de las condiciones básicas para la existencia de la democracia. Me guardo para la sonrisa personal la ironía de su definición “cuando los colectivos se organizan en asambleas, no siempre las personas se aman unas a otras”.

 

 

Aparece en este punto un concepto que invita a ser explorado con mayor profundidad, lo que Judith Butler define como “formas institucionalizadas de abandono”. En nuestras sociedades, ¿qué formas identificamos bajo esta noción? Las imágenes de las residencias de ancianos en la Comunidad de Madrid, las fotos de los menús entregados a los niños y niñas de familias con rentas mínimas durante la pandemia me asaltaron, sin duda, bajo este epígrafe. ¿Cómo se deconstruye la arquitectura del abandono institucional?

 

En las siguientes conferencias recogidas en el libro, se vuelve a ahondar en el derecho a la igual llorabilidad de las vidas como condición sine qua non para la profundización de nuestras democracias, así como en la urgencia de hacer explícito el debate sobre qué vidas se consideran llorables en nuestro mundo público:

 

“Las poblaciones se dividen a menudo, demasiado a menudo, entre aquellos cuyas vidas son dignas de protegerse a cualquier precio y aquellos cuyas vidas se consideran prescindibles. Dependiendo del género, de la raza y de la posición económica que ostentemos en la sociedad, podemos sentir si somos más o menos llorables a ojos de los demás.”

 

No solo en el marco de vida/muerte, me hacía pensar también en la distribución desigual de la posibilidad del riesgo de contagio que hemos visto estos días, sobre qué poblaciones se ha minimizado la importancia del mismo (repartidores precarios, temporeros, personal de limpieza y usos múltiples en hospitales…) para ampliar esta llorabilidad más allá del caso último de la muerte: ¿qué dolores no nos duelen?, ¿qué peso sobre los cuerpos ajenos, tan delicados como los propios, nos dan exactamente igual? Como no conviene olvidar “es en lo corporal donde tiene lugar el sufrimiento político”.

Vuelve a la palestra, por tanto, la reflexión sobre la potencialidad de los duelos públicos como actos políticos, desde la reivindicación del derecho a llorar, aunque también con el matiz de la “reivindicación del derecho a llorar públicamente”.

Desde su afirmación de que salvaguardar la vida es una obligación afirmativa, y por tanto debe ir acompañada de una política afirmativa que la sustente, la conquista del derecho a la igualdad en la llorabilidad de todas nuestras vidas es la línea de acción más urgente de nuestro tiempo.

“Aceptar la violencia del mundo como si fuera lo natural equivale a admitir la derrota y abandonar la tarea de reconocer a todas y cada una de las criaturas vivas como seres dotados de potencial y dotados también de un futuro impredecible que debe ser salvaguardado”

 

 

 

También recogen otras conferencias la importancia de la práctica social de la esperanza, la urgencia, una vez más, de recuperar la imaginación política, tan “menospreciada y ridiculizada por quienes alaban la realpolitik”. Entre otras cosas, para ser capaces de articular el ruido, las demandas de quienes quedan fuera de la democracia y cuya expresión es desarbolada, en palabras de Butler, “el ruido de la democracia de afuera” sabiendo que “democracia es el nombre de un conflicto de final abierto que no equivale a su forma parlamentaria”:

 

“…la que reclama una apertura de las instituciones para quienes no han sido reconocidos todavía como capaces de expresarse, como poseedores de voluntad política, como merecedores de representación.”

 

En esta práctica social de la esperanza, en la necesidad social de futuros, jugarán un papel trascendental las humanidades: “¿cómo pueden imaginar el futuro las humanidades?, ¿dedican esfuerzos a imaginar el futuro las humanidades, es así como debería ser?” Se remarca la importancia de construir nuevos imaginarios, especialmente transmutando la memoria de las violencias de Estado que asolaron el siglo XX pero no sólo, que cortocircuiten la normalización de las violencias cotidianas (en medios de comunicación, esfera pública…) tal y como el feminismo pacifista junto a otros movimientos sociales, ha puesto sobre la mesa acerca de la militarización de la respuesta al COVID-19. Bajo el nombre “fascismo securitario”, Judith Butler apunta hacia las nuevas modalidades de autoritarismo que están proliferando en nuestros días y que se apoyan, precisamente, en el clima de normalización de la violencia y que, por tanto, están demandándonos la creación urgente de alternativas.

 

Todavía resonando con el verso de Cecilia Meireles en el que se apoya Butler para cerrar una de sus conferencias “Siento el mundo llorar como en una lengua extranjera”, ojalá conversemos pronto presencialmente alrededor de este libro, creo que nos ayudaría. Sin miedo. Nos abrazaremos.

Tejer el porvenir (La Marea)

 

Para (y por) mis maestras y compañeras de WILPF España

Publicado en La Marea, 7 de abril de 2020

Cuenta Juan Gutiérrez, experto internacional en construcción de paz, que al proceso por el cual unas vidas vierten cuidado sobre otras podríamos llamarle tejer hebras de paz viva. Desde la responsabilidad que nos exige el momento presente, convendría que nos fuéramos preparando para el nuevo ciclo de movilización social y política que vendrá tras la pandemia y en el que estará en juego, por encima de cualquier otra cosa, la delimitación de lo que entendemos por vidas que merecen ser protegidas. La tensión por concentrar los daños de un sistema que se derrumba sobre los cuerpos vulnerables que permitamos definir como otros.

Ante el alarde de privilegios que nos ha dejado esta pandemia, el reparto desigual de los trabajos, los daños sobre los colectivos más golpeados se ha evidenciado como nunca: cuidadoras migrantes, familias monomarentales, trabajadoras precarizadas, o personas afectadas por la política de vivienda neoliberal sufren antes, sufren más; se recuperan con mayor dificultad. Es necesaria una reflexión para impulsar e incidir colectivamente políticas públicas que se diseñen para corregir la distribución desigual de la vulnerabilidad y los perversos mecanismos que apoyándose en criterios de raza, situación administrativa, nacionalidad, edad o capacidades están contribuyendo a la naturalización de la violencia económica extrema en nuestro país.

Preguntémonos, ahora que tenemos tiempo, por qué un día después de la declaración del estado de alarma a un gran número de empresas españolas les pareció de pronto una gran idea contratar, para ‘enviar a primera línea del frente’, a colectivos en riesgo de severa exclusión social.

Quizá tengamos que preguntarnos también cómo construiremos un nuevo sentido democrático que, frente al modelo de protección de derechos de la pequeña propiedad que construyó la burbuja que nos explotó en 2008, frente al blindaje individualista ante el dolor o el miedo que hemos visto reflejado en las escenas de acaparamiento en el consumo de estos días, se base en la protección de la vulnerabilidad de los demás. Pensemos cómo sería entender nuestras democracias como espacios para ampliar el derecho a ser y a mostrarnos vulnerables.

Ante la irresponsabilidad también del discurso y la escenografía militarizada, en tiempos de creciente permisividad global de modelos de masculinidad autoritaria y temeraria, que han tenido estos días su alarde ridículo en el negacionismo de Bolsonaro y Ortega, cómo nos protegeremos como sociedad frente a la doble tentación: la de añorar al ‘hombre fuerte que toma las decisiones por el resto’ que hemos visto especialmente en la idealización de la respuesta del régimen chino a la catástrofe, así como a la más contagiosa creación de chivos expiatorios, a la que ya hemos asistido en España, por parte de algunos responsables políticos, a través del peligroso señalamiento a la ciudadanía gitana.

Sabiendo que una vez que se abran las puertas de nuestras casas será el tejido de una nueva realidad el que nos pida acción y respuesta, vayamos eligiendo ahora, con tiempo y calma, con qué hebras que nos cuidan desplegaremos el nuevo telar que reemplazará al actual, que ya está roto sin remedio.

Estefanía Rodero, Liga Internacional de Mujeres por la Paz y la Libertad (Women’s International League for Peace and Freedom)

Políticas culturales y discursos de odio

 

Impactada por las imágenes y palabras de odio que acompañaron la detención de Carola Rackete hace unas horas me siento a escribir desde la urgencia y el convencimiento de la importancia de la implementación de políticas culturales públicas que, enraizadas en un enfoque basado en los derechos humanos, tengan como prioridad la desarticulación del odio. Aunque ya son muchas las voces que apuntan en esta dirección (aquí ya hemos hablado del tema, por ejemplo, en El dolor de los demás: políticas culturales y derechos humanos o en Existir en plural: espacios de la imaginación contra el odio) quería detenerme en dos lecturas, por si nos acompañan a la hora de trenzar otros futuros posibles, que inciden en la capacidad de las políticas culturales para cortocircuitar climas emocionales y vivencias colectivas de impotencia, caldo de cultivo predilecto para las campañas de odio.

 

Aunque ya hace algunos años, Sara Ahmed en “La política cultural de las emociones” hizo hincapié en nuestra labor colectiva para examinar el funcionamiento de las economías afectivas que se esconden detrás tanto del discurso público como de la acción cultural. No dejó de insistir sobre el hecho de que las emociones no pueden ser consideradas estados psicológicos aislados, sino poderosas prácticas culturales y sociales que determinan la construcción del mundo. Aunque su análisis del dolor subalterno fue en su momento mi parte predilecta de su estudio (“mientras mayor acceso tengan los sujetos a los recursos públicos, mayor acceso podrán tener a la capacidad de movilizar narrativas de lesiones dentro del ámbito público”), su reflexión sobre lo que el odio le hace a los cuerpos me asaltó ante las imágenes que llegaban desde Italia. Se planteaba Sara Ahmed en su análisis de la política cultural del odio:

 

“Exploro el papel del odio en la conformación de los cuerpos y los mundos, a través de la manera en que el odio genera su objeto como una defensa contra la lesión (…) Dichas narrativas funcionan al generar un sujeto a quien unos otros imaginados ponen en peligro y cuya proximidad amenaza no solo con quitarle algo (empleos, seguridad, riqueza), sino con ocupar el lugar del sujeto. La presencia de este otro se imagina como una amenaza al objeto de amor.”

 

Así, Ahmed nos llevaba a una reflexión práctica sobre dos ejes: la construcción de la desemejanza y las prácticas cotidianas de la lejanía corporal y social. Desde el dolor de las imágenes de Lampedusa ilustrando el crimen ardiente en que se ha convertido el Mediterráneo: ¿qué estamos haciendo colectivamente para apuntalar la percepción de la “desemejanza” que está permitiendo nuestra inhibición moral colectiva ante el genocidio silencioso que se está viviendo en el mar?

 

 

También me parecía urgente, saltando cercamientos entre disciplinas, acercar nuestras políticas culturales, desde todos los niveles, al trabajo analítico de Martín Alonso sobre los discursos del odio (enlazo aquí por pedagógico y extremadamente útil su artículo “Los discursos de odio”, pg.29, recogido en el Cuaderno nº4 del Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo) que nos obliga a abordarlos desde cuatro dimensiones: la gramática, la psicología, la sociología y la economía política en la que surgen.

En el análisis de los discursos del odio en Europa, Martín Alonso viene identificando algunos lugares comunes:

  • La topología diacrítica: enlazando con el análisis de Sara Ahmed sobre la construcción de la desemejanza, se refiere a la construcción de identidades por “demarcación”. No vemos la continuidad natural de lo humano, construimos fronteras mentales que crean la noción de discontinuidad.
  • Sinécdoque reduccionista: el uso del plural estratégico y la construcción de un nosotros excluyente.
  • “Somos diferentes”: la construcción de identidades alrededor de pertenencias exclusivistas.
  • Perfilado previo del enemigo: el enemigo es una construcción cultural que requiere de un proceso de deshumanización previa construido a base de operaciones atribucionales de señalamiento y estigmatización.
  • Ideología de supremacía.
  • Existencia de depurados, excluidos o eliminados tanto en su retórica como en su práctica organizativa.

Pero hay un elemento fundamental, en el que las políticas culturales pueden ser claves para la acción política de urgencia que nos reclama el presente y es la siguiente:

 

“la calidad epistémica de los contenidos de los discursos de odio es irrelevante, importa su eficacia, su poder de arrastre (…) El recorrido del discurso de odio depende de hasta dónde engrane o no los dispositivos emocionales (…) El discurso crea su entorno de afectividad y la emoción es capaz de segregar su propia mitología.”

 

Por tanto, ¿qué entornos de afectividad y dispositivos emocionales están permitiendo el avance de los discursos del odio en Europa?, ¿qué acción pública deberíamos implementar para cortocircuitarlos?

Considero que esta es una línea de trabajo prioritaria para las políticas culturales, especialmente en el nivel local que nos exige ampliar la mirada más allá de la gestión y de la participación, hacia la responsabilidad compartida para la construcción de imaginarios y climas afectivos en los que el odio no pueda avanzar.

Culturas de la obediencia

 

(Todas las imágenes son obras del fotógrafo iraní Abbas recogidas en su retrospectiva programada hasta el 28 de octubre en Valladolid)

 

Que no nos sean invisibles

las consecuencias de nuestras palabras,

que no nos sean invisibles

las consecuencias de nuestros actos.

 

Con el escándalo del más de un millar de casos de abusos sexuales desvelados en la Iglesia católica de Pensilvania aún en la retina y cuestionándome cómo lograremos colectivamente que en la próxima Comisión de la Verdad en España la violencia sexual (de la que hemos venido hablando ya aquí y aquí), especialmente la que se ejerció con total impunidad no sólo sobre las mujeres, sino sobre los niños (hoy señores entre 60 y 70 años que se llevarán consigo el “secreto” a la tumba), sea uno de los ejes centrales para llegar a comprender la magnitud del dolor sobre el que decidimos pasar por alto para construir nuestra actual democracia, volvía a detenerme una vez más sobre la construcción de las culturas de la obediencia, apuntaladas sobre el silencio, la indiferencia y la ocultación de la verdad.

Confrontando el caso estadounidense, por sus pautas de complicidad burocratizada, también con algunos de los mecanismos que permitieron la desaparición de los más de 300.000 bebés robados aún impune en España, me detenía en alguna de las ideas que ya compartió Zygmunt Bauman en “Modernidad y Holocausto”, aunque especialmente en su lectura de las investigaciones de Milgram recogidas en “Obediencia a la autoridad”.

Entre los elementos que destacó Bauman como constitutivos de las Culturas de la Obediencia (organizaciones con cadenas de mando: iglesias, ejército, partidos políticos…pero no sólo), destacarían, por su contribución a la normalización de la crueldad:

 

SOUTH AFRICA.
Durban. 1978. The Turf Club. Blacks, white and Indian.

 

  • El aumento de la distancia física y psicológica entre los actos y sus efectos, es decir, la manipulación de la distancia psicológica, que se logra recurriendo a dos mecanismos: la sustitución de la responsabilidad moral por la disciplina (por lo que cualquier intento de revisión y cuestionamiento de dichas disciplinas se convierte en tabú grupal) y el uso de la organización (de la estructura organizativa en sí) como instrumento para borrar toda responsabilidad personal (“ya lo habrán pensado los de arriba”, o bien “ya se le echará el muerto a otro”). En esta dificultad para establecer relaciones causales entre acciones y resultados (“yo incito al odio, pero no es a mí a quien llega el puñetazo”) es donde sitúa Bauman el nudo gordiano de la construcción de obediencia denegadora de ética. El alejar las consecuencias reales tanto de discursos y acciones de sus efectos, a través tanto del aumento de personas intermediarias en las jerarquías lineales de subordinación como de la invisibilización psicológica de las víctimas contribuyen a la generación de climas de responsabilidad trasladada a través de los que nadie hace frente a las derivas perversas de la acción.

 

  • Para que el mantenimiento de estas jerarquías lineales de subordinación sea posible es necesario que se produzca un clima de indiferencia moral que se viene consiguiendo a través de las siguientes prácticas: a) la manipulación retórica para la invisibilización tanto de los daños como de la humanidad de las víctimas: toda la retórica con la que se han maquillado los casos de pederastia en los informes eclesiásticos como desvíos, debilidades, traslados por necesidades del servicio, jubilaciones junto a los infinitos e “inocentes” pequeños actos de manipulación de la gestión y las rutinas institucionales ilustran este punto. Señala Bauman como síntoma la desaparición progresiva de los nombres propios, señal de la deshumanización triunfal que reside en la equiparación persona-función ya que también “el lenguaje en el cual se narran las cosas que les ocurren o les hacen (a las víctimas) salvaguarda a sus referentes de cualquier evaluación ética”. b) En esta progresiva articulación de rutinas deshumanizadoras (en las que aún, pero cada vez menos, se someten los fines a evaluación moral, pero ya no los medios), se impone un nuevo lenguaje de la moralidad:

 

“Dentro del sistema burocrático de autoridad, el lenguaje de la moralidad adquiere un nuevo vocabulario. Está plagado de conceptos como lealtad, deber y disciplina: todos ellos señalan a los superiores como objeto supremo de preocupación moral y, al mismo tiempo, como definitiva autoridad moral.”

 

CHILE. Santiago. The army celebrates the 10th anniversary of General Augusto PINOCHET’s Coup d’Etat with a parade inside a barrack. 1983.

 

“Como dice Milgram, la persona subordinada siente orgullo o vergüenza, dependiendo de lo bien que haya realizado las acciones exigidas por la autoridad… El superego pasa de una evaluación de la bondad o la maldad de los actos a una valoración de lo bien o mal que uno funciona dentro del sistema de autoridad”

 

“Gracias al honor, la disciplina sustituye a la responsabilidad moral”

 

Este último punto nos lleva al sistema de premios y castigos dentro de estas organizaciones, orientado a reforzar la sensación de obligación mutua (“no puedo fallarles”, «pero cómo nos haces esto»), así como a incrementar la noción de ganancia con la permanencia frente al precio, cada vez mayor “de abandonar”. En esta construcción burocrática de lealtades organizativas deshumanizadoras, juega un papel determinante lo que la maestra Dolores Juliano ha denominado como la manipulación de los “criterios de credibilidad”, el monopolio de la veracidad como atributo del poder. En el relato de una de las víctimas de abuso de los EEUU en el que contaba cómo el sacerdote pederasta le repetía insistentemente quién habría de creer su testimonio frente a la palabra de un elegido de Dios, encontramos descarnadamente este uso. Este mismo patrón se repite una y otra vez en los testimonios de robos de bebés en España.

IRAN: TEHRAN January 1979.
After a pro Shah demonstration at the Amjadiyeh Stadium, a woman believed to be pro Shah supporter is lynched by a Revolutionary mob.

Por ello, por la relevancia que tiene para nuestro presente la línea de investigación que Bauman bautizó como la “producción social de la indiferencia moral y la invisibilidad” así como el análisis de las tecnologías de la segregación y la separación, me parece importante plantear:

 

  • ¿cómo resituamos el peso de la responsabilidad personal de palabras y actos para no excluir el carácter ético de los mismos?, ¿cómo aumentamos el nivel de consciencia del resultado final de discurso y acción en mitad del aluvión de estímulos que ejercen presión en sentido contrario?

 

  • ¿cómo abordamos el hecho (sí, otra vez, aquí estamos) en palabras de Bauman de que “la crueldad tiene escasa conexión con las características personales de los que la perpetran y sí tiene una fuerte conexión con la relación de autoridad y subordinación, con nuestra normal y cotidiana estructura de poder y obediencia”?

 

  • Insistiendo en la protección del pluralismo como el único freno conocido de emergencia, ¿cómo llevamos nuestra política pública a la “esencial responsabilidad humana por el Otro”?

Cultura para no huir: sobre dolor, silencio y poder

 

Al hilo del primer aniversario de los atentados de Barcelona, venía insistentemente a mi memoria Emma González, una de las voces más poderosas de ese gran movimiento en defensa de la vida y contra la cultura armamentística de los EEUU como es March for our lives. Volvía a mi recuerdo casi como símbolo del camino a recorrer en las próximas décadas: el poder de los vulnerables.

Recuerdo su silencio, su fuerza y sus lágrimas frente a miles de personas. Su atronador discurso sin palabras que duró exactamente el mismo tiempo que el tiroteo que vivió en su instituto y en el que murieron 17 personas. Los momentos iniciales de incomprensión e incomodidad entre los asistentes (¿se encuentra bien?, ¿es un error, un fallo?, ¿ocurre algo?, ¿qué es exactamente lo que ocurre?) con los que logró transmitir la incredulidad y falta de referencias con la que azota la violencia. Recuerdo (yo, resonando con ella desde España) cómo el ambiente fue entrando en el silencio de Emma y lo que significaba: este es el dolor sobre el que se sostiene vuestra rentabilidad y no huimos.

A través de su gesto, se enlazaron en mí dos líneas de reflexión-acción urgente presentes tanto en algunas de las últimas entrevistas a la filósofa Nancy Fraser como en algunos de los últimos trabajos del sociólogo David Le Breton.

De un modo tangencial, Fraser está señalando la importancia sintomática de la crisis de opiáceos en EEUU como metáfora cultural del ascenso y mandato de Donald Trump. Este hilo lanzado al aire nos lleva a la interrelación entre neoliberalismo y dolor así como a los mecanismos culturales de huida que se necesitan para garantizar su continuidad. Una sociedad afrontando emociones imposibles (desesperanza, desarraigo, impotencia, frustración, humillación) y a la que se le están dando dos salidas, de enorme rentabilidad: la huída, en su vertiente química o de sobreestimulación y consumo o la proyección, a través del amplio mercado del odio.

 

 

Se enlazaba con algunas líneas de trabajo desarrolladas por Le Breton que viene nombrando la “necesidad de ausencia” en nuestras sociedades frente a la “cultura de la huída” actual. A través de la desarticulación de los mecanismos de sobreexposición, captura permanente de la atención, mandato de disponibilidad perenne y el análisis de algunos de los casos más extremos de búsqueda urgente de “espacios de ausencia”, Le Breton, especialmente en su libro Desaparecer de sí: una tentación contemporánea, está señalando al mismo síntoma que Fraser: es el dolor, estúpidos.

Teniendo en cuenta el alto voltaje emocional generado por la creciente desigualdad global y el mandato de negación o desplazamiento del dolor sobre el que se sostiene todo el edificio, me pregunto: ¿qué políticas culturales desarrollamos para no huir?, ¿cómo desarmamos el ingente negocio global sostenido sobre esta huida?, ¿cómo vamos a afrontar la tentación siempre presente del desplazamiento de todo este dolor hacia nuevos chivos expiatorios, como ya estamos viendo?, ¿cómo generamos alternativas no comerciales para afrontar colectivamente esta sobrecarga emocional?, ¿cómo creamos alternativas también a la glorificación sacrificial del dolor, tan presente aún en nuestros movimientos sociales e izquierda?

 

Fotos de Emma González  (Chip Somodevilla/Getty Images)