Las mentiras que nos unen: repensar la identidad

 

«El conjunto entero de la humanidad

no es un horizonte exageradamente amplio.»

Kwame Anthony Appiah

 

Leía los días pasados el último libro de Kwame Anthony Appiah “Las mentiras que nos unen: repensar la identidad” en el que, a través de una sugerente selección de personajes y relatos históricos, anécdotas personales y teoría social, se ha detenido con enorme ironía a analizar la pervivencia de cinco de los grandes constructos identitarios que marcaron a sangre y fuego el siglo XX: creencias, país, color, clase y cultura.

Frente a la tentación actual de volver a definir dichas identidades como formas de confinamiento esencialista, Appiah hace un alegato de la potencialidad política de la interseccionalidad:

“Las identidades sociales vinculan la escala relativamente pequeña en la que desarrollamos nuestras vidas, junto con la gente cercana a nosotros, con unos movimientos, unas causas y unos intereses de mayor alcance. Las identidades hacen inteligible, vivo y urgente un mundo más extenso. Pueden expandir nuestros horizontes hasta comunidades más amplias que aquellas que habitamos. Y nuestras vidas también deben tener sentido en la mayor de todas las escalas (…) Al medir el alcance de nuestros intereses y nuestra compasión, el conjunto entero de la humanidad no es un horizonte exageradamente amplio.”

Quizá la aportación más interesante del libro, al menos para mí, ha sido el modo en el que ha reinterpretado el habitus y la hexis corporal  de las que hablaba Bourdieu (el peso que las identidades tienen sobre el modo en el que usamos nuestros cuerpos) respecto a cada una de las grandes identidades, aunque sea en su modo de abordar la pervivencia de la clase social donde este análisis sea más interesante.

Centrándose en el hecho de que “las identidades determinan las reacciones que otras personas muestran frente a nosotros y el modo en que pensamos en nuestra propia vida” a la hora de analizar la identidad de clase Appiah se detiene de un modo sugerente sobre las constelaciones emocionales que contribuyen a la definición de una clase social, articuladas fundamentalmente a través de los mecanismos de honor y vergüenza, así como al aprendizaje del autodesprecio como herramienta de opresión. En su muy irónico análisis de las muestras de condescendencia de clase nos invita a indagar en una línea de reflexión y acción interesante, sobre la que las políticas culturales pueden incidir de un modo directo: ¿cómo se construye el derecho al respeto en nuestras sociedades? Si “los sistemas de honor implican la adscripción social del derecho al respeto”, ¿cuánta consciencia y responsabilidad estamos desplegando en la construcción de las muestras de honor desde nuestras políticas públicas, especialmente las culturales?

Interesante también su invitación a la articulación de una conciencia transgeneracional, especialmente patente en su análisis del peso de las creencias

“Debemos reconocer que algún día nosotros también seremos antepasados. No sólo seguimos las tradiciones; las creamos.”

Y en su acercamiento respecto a la construcción del “pueblo” previo a las identidades nacionales:

“Un pueblo es un grupo de seres humanos unidos por un pasado y unos antepasados comunes, reales o imaginados.”

“Una nación es un grupo de personas que no solo consideran que tienen una ascendencia común, sino que además dan importancia a ese hecho (…) pero ¿cómo se elige entre los muchos grupos de ascendencia común a los que uno pertenece?”

En la disputa por los antepasados sobre los que una sociedad determinada elige entroncar, sostenida fundamentalmente por los antepasados a los que decide excluir, Kwame Anthony Appiah sitúa una de las áreas de fricción claves para el presente, abriéndonos a la realidad de que, un mínimo análisis comparado de los relatos nacionales suele devolvernos humorísticamente una imagen en la que

“todos estos relatos dibujan elogiosamente a sus respectivos pueblos como una pandilla bastante genial, un endogrupo al que merecía la pena pertenecer”.

El hecho de avanzar desde nociones de pertenencia a “pandillas bastante geniales” hacia un sentido de pertenencia cada vez más amplio está en el centro del afán de Appiah por mantener la potencialidad política de las identidades como significados permanentemente abiertos y en discusión:

“He defendido que nuestras identidades culturales más amplias tienen el poder de liberarnos solo si reconocemos que debemos construir sus significados juntos y por nosotros mismos”

De modo que siempre quede abierta la posibilidad de reiniciar caminos y horizontes a través de la actualización permanente de la pregunta: ¿quiénes habitan y no en el nosotros?

 

 

Tejedoras contra Goliat (El Correo Vasco, 25 de junio de 2019)

Futuros

 

En las últimas semanas se han hecho públicos dos documentos interesantes que, desde la esfera de las políticas culturales se sitúan en la emergencia: la necesidad de construir futuros, de abrir ventanas a posibilidades que conjuren los fatalismos.

En ambos casos se parte de un análisis del presente sin paliativos.

En el caso del documento “Mentes dinámicas: cultura, saber y cambio” de IFACCA y situándose sobre qué tipo de políticas culturales van a ser necesarias en este Antropoceno, la radiografía es clara: conjuramos los peligros de las democracias descendentes, el conocimiento compartimentado, la naturalización de la mentalidad extractivista y por encima de todo lo demás, la construcción de modelos relacionales globalizados transaccionales, donde nadie es en sí mismo un fin. Ante esta realidad se nos invita a explorar, a través de nuevas formas de desarrollo social y cultural, fórmulas que den prioridad a la interdependencia. ¿Cómo hacemos de este valor un contrapeso al sálvese quien pueda? ¿Qué actos de imaginación colectiva necesitaremos desplegar para despertar el sentido de agencia?

Para IFACCA, que no pierde el foco ante el auge de los discursos del odio y la amenaza de los extremismos, es clave que desde las políticas culturales, en diálogo internacional, se estructuren y exploren modos de encontrarse con las diferencias que sobrepasen la utilización política de “lo amenazante” que caracteriza la polarización actual. Es sobre las percepciones y mentalidades sobre las que la política cultural ha de seguir incidiendo desde criterios de paz.

Si, como decía Raymond Williams, la cultura es algo ordinario, será en el terreno de lo ordinario donde necesitaremos construir, frente al modelo transaccional  (ser cosas para que otros logren otras cosas) capacidad para generar relaciones, diálogos, participación significativas.

  • ¿Qué es una escucha significativa?, ¿y una participación significativa?
  • ¿Significativo es sinónimo de visible?, ¿en qué espacios y tiempos la participación significa?
  • ¿Es democrática la construcción de lo que entendemos por significativo?, ¿y de lo insignificante?

De igual manera en el reporte elaborado con motivo de los 10 años de la creación de la Relatoría especial en derechos culturales de Naciones Unidas se nos interpela a conquistar nuevas visiones de futuro frente a la creciente normalización del odio y la tantas veces obviada privatización en aumento del espacio público, sin olvidar la utilización excluyente de los procesos de memorialización histórica.

Especialmente interesante, por la poca atención que le estamos prestando en nuestros análisis, es su llamada de alerta frente a la utilización política de la vergüenza y la movilización de estrategias que construyen estos marcos de “exclusión vergonzante” reforzando desde la vertiente cultural procesos más amplios de discriminación y odio. Si la vergüenza sólo se da ante la mirada excluyente introyectada del otro, ¿en qué “otros” debemos convertirnos nosotros mismos para no hacer caja de resonancia a la utilización de la vergüenza con fines de exclusión social?

Se marcan así ejes clave de futuro para nuestro trabajo en defensa de los derechos culturales que tendrán en la protección de la libertad de expresión artística y creativa y la lucha contra el fundamentalismo y el extremismo los retos más inmediatos.

Se hace un llamamiento también (¡de emergencia!) a la conversión de materiales, reflexiones, debates sobre políticas culturales…a un nivel popular, a formatos que lleguen a audiencias globales y que se dirijan especialmente a la juventud.

No se deja de hacer hincapié en la necesidad de garantizar la financiación para la protección de los derechos culturales (1% del PIB) si realmente queremos hablar de acciones preventivas.

Uniéndose a la llamada de IFACCA para convertir en un valor clave del siglo XXI la interdependencia, desde la relatoría se recomienda seguir abogando país por país por la justiciabilidad de los DESC y por hacer de la mirada interseccional nuestra mirada de comprensión del mundo.