Visión socio-ecológica de la innovación social: distribución de poder y recursos y protagonismo en la acción social

 

“Para eso sirve, para caminar”

Eduardo Galeano

 

Quería preguntarme por las definiciones de innovación social que estamos manejando en la acción social en España y por el contenido concreto que desplegamos bajo el paraguas de esta definición.

Porque, de hecho, son mayoritarios los enfoques que definen la innovación social exclusivamente desde el punto de vista de la gestión, imponiendo relatos de corte economicista ajenos a cualquier tipo de conflicto o injusticia social. Se pierde así la potencialidad del propio concepto de innovación social vinculado a la ampliación y conquista de nuevos derechos, autolimitando su posible carácter movilizador.

Sin embargo, existen otros prismas de la innovación social, actualmente opacados, que vinculan el concepto a tres ideas:

  • La innovación social como aquello que genera valor social con protagonismo y en armonía con el territorio.
  • La innovación social como lo que logra cambio institucional.
  • La innovación social como lo que impulsa cambios en las relaciones de poder a favor de los segmentos de población vulnerabilizados.

Hablaríamos así de innovación social desde un punto de vista socioecológico que pone en el centro, sin disimular sus retos, la importancia de distribuir poder y recursos, no sólo al servicio de la población más vulnerable, sino subrayando la importancia de que sea ejercida en primera persona por ella.

Así, enraizándonos en las definiciones de innovación social desde marcos de impulso y refuerzo de las capacidades para la protección de los derechos humanos, necesitamos plantearnos:

  • Cuál es la actual distribución del poder y los recursos.
  • Cuáles son las principales desigualdades de acceso al poder y las dinámicas de discriminación.
  • Situarnos en marcos de exigibilidad, planteando las debilidades del sistema para la protección eficaz de los derechos humanos.

Desde este ángulo y como población vulnerabilizada en primera persona, serían motor de innovación social las siguientes cuestiones:

  • ¿Conocemos nuestros propios derechos? ¿Tenemos la capacidad de reclamarlos, de acceder a la información, de participar, de promover cambios de política? ¿Tenemos la capacidad de obtener reconocimiento y reparación cuando nuestros derechos han sido vulnerados?
  • ¿Qué medidas y acciones podemos desarrollar para fortalecer nuestras propias capacidades como sujetos de derechos?

Porque cuando situamos la redistribución del poder y los recursos (laborales, económicos, sociales, culturales, simbólicos…) en el corazón de la innovación social, potenciamos también el sentido de agencia y el mensaje social de que nunca existe un poder omnipotente y omnipresente, tampoco en el ámbito laboral y empresarial. Siempre hay grietas en los muros.

Desde una concepción dinámica y relacional del poder, hacemos emerger el discurso oculto que perpetúa en muchas ocasiones las situaciones de desigualdad y exclusión social: los privilegios son una construcción social que busca su naturalización para que la población que los sufre desconozca su propia capacidad para reconocer que tiene derechos y puede ejercerlos.

Por tanto, si entendemos la innovación social desde una óptica de derechos humanos, podemos trabajar conjuntamente para extraer la raíz que perpetúa la exclusión social: el desequilibrio en el reparto de poder y en el acceso a los recursos.

Acceder a las palabras

Hace unas semanas, invitada por el equipo docente de Pedagogía de la Universidad de Salamanca, tuve la oportunidad de reflexionar, junto a profesoras y alumnas de último curso, sobre el papel que el acceso al conocimiento y a la toma de la palabra tiene en este escenario mundial de retroceso democrático. Al margen de abordar la necesidad, frente a las derivas psicologicistas, de recuperar el vigor de una pedagogía volcada en el desarrollo de las comunidades y territorios en los que se engarza, así como tomando conciencia del protagonismo que habrá de tener la pedagogía como garante de las necesarias alfabetizaciones múltiples que nos protejan como sociedad de la manipulación de la información y nos construyan como individuos críticos ante la oleada creciente de elitización de los conocimientos, tuve la oportunidad, como decía, a un nivel más personal de abordar mi deuda con la pedagogía (yo, que no soy pedagoga) y afrontar la profundidad que nos exige el compromiso ético con el conocimiento y el acceso a las palabras.

Junto a la obvia deuda genealógica que, por el hecho de ser una mujer española nacida en el siglo XX que accedió a la educación y al conocimiento y pudo referenciarse en el pensamiento y vida de mujeres que anteriormente hicieron de esta causa su bandera, guardamos las generaciones posteriores con la Institución Libre de Enseñanza y su estela inspiradora, descubría en tres referentes pedagógicos que han sido claves para mí un motivo y compromiso común aún vigente. Así en la obra de Gianni Rodari, Francesco Tonucci y Paulo Freire volvía a encontrarme con la potencialidad transformadora que tiene la defensa de la inclusión y el empoderamiento a través de las palabras. Si como decía Rodari nuestra obligación social y aún más para el campo humanístico se centra en “defender el uso total de la palabra para todos, no para que todos sean artistas, sino para que nadie sea esclavo”, de Tonucci aprendimos entre otras claves la dimensión educadora de nuestras ciudades y la cortedad de una definición de ciudadanía “adultocrática” que excluye la vulnerabilidad y curiosidad vivificante de su infancia, tomando conciencia con Freire de los usos que la dominación hace del conocimiento, de nuestra capacidad de educarnos juntos como sociedad primando la escucha y el respeto a la educación que nace de la propia y no expropiable experiencia, así como sabiendo de una vez para siempre que sin acceso igualitario a la palabra y al conocimiento no podemos hablar de democracia. Aprendíamos humildemente así que una de las facetas centrales del poder consiste en tener la capacidad de nombrarse a uno mismo, de hacer el relato propio de la experiencia y vivencia antes de que otros nos impongan sus palabras y etiquetas.

Me parecía urgente así, al modo de los bibliotecarios de los EEUU en la era Trump, y en este viaje de vuelta a las palabras que nos exige el auge autoritario y excluyente mundial, volver a encontrarnos como en hoguera común alrededor del amor y la defensa de acceso a la herencia común de palabras y sabidurías creadas por la humanidad, enarbolando entre otras la Declaración que realizó la IFLA sobre Bibliotecas y libertad intelectual en 1999 en la que “declara que los seres humanos tienen el derecho fundamental de acceder a las expresiones del conocimiento, el pensamiento creativo y la actividad intelectual, y de expresar sus opiniones públicamente (…) el derecho a saber y la libertad de expresión son dos aspectos del mismo principio. El derecho a saber es un requisito para la libertad de pensamiento y de conciencia; la libertad de pensamiento y la libertad de expresión son condiciones necesarias para la libertad de acceso a la información.

Urgente para situarnos colectivamente en la defensa de espacios en los que poder pensar, experimentar, explorar las relaciones entre cuerpos y acceso a la palabra al margen de criterios economicistas, de búsqueda de resultados o bajo la imposición de estilos estéticos o ritmos frenéticos en los que la creación y la reflexión común no pueden darse. Si, con Marina Garcés, a través de algunas invitaciones sugerentes recogidas en su último libro Fuera de clase, es tiempo de llevar al centro la mirada a los “cuerpos desprovistos de voz pública” así como detenernos a observar “de qué está hecho nuestro lenguaje si lo miramos a partir de aquellos que no pueden disponer de él”, quizá, como nos advierte la gran socióloga de la lectura Michele Petit una de las líneas de acción colectiva clave en este momento sea la de profundizar en una definición de democracia que nos permita “ser en todos los ámbitos de la vida algo más sujetos del propio destino y no sólo objeto de los discursos de los otros. Añadamos a ello el poder tener derecho a tomar la palabra y la pluma en lo que concierne al bien público.”