Innovación social

(Todas las imágenes son obra de JR)

 

“Para que el amor se convierta en un fenómeno social y no en una excepción individualista y marginal, nuestra estructura social necesita cambios importantes y radicales (…) El principio sobre el que se basa la sociedad capitalista y el principio del amor son incompatibles”

(Erich Fromm)

Llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones.

 

Hace unas semanas, preparando una formación en emprendimiento social para mujeres, me paraba a pensar en los ciclos de cooptación de determinadas palabras. Enredada en otros temas caí en la cuenta de que ya nadie a mi alrededor desde hacía años había vuelto a nombrar o a hablar de innovación social, desconozco si por la vía de la prudencia ideológico-lingüística o por el desbordamiento propio del término que reconoce posibilidades de agencia transformadora mucho más allá de los cauces partidarios. Lo cierto es que se afianzó en mí el deseo, no sólo de reconquistar el término, sino de que las mujeres lideremos el sector de la innovación social en España (como ya venimos haciendo, por otra parte) conscientes de la importancia que esta invitación a la innovación tiene para nuestras democracias en el momento actual (me animó a escribir esta entrada la nueva convocatoria del CCCB del Premio Internacional de Innovación cultural)

Como se ha venido recogiendo en algunas de las publicaciones más recientes para la clarificación del término y su uso tanto en el Tercer Sector como en el ámbito cultural, la innovación social busca no sólo reconocer y tratar una necesidad social, resolver un problema socialmente relevante sino crear nuevos modelos de relación que aumenten la capacidad de decisión y acción de individuos y comunidades. El hecho, nada inocente, de que hayamos terminado por identificar innovación con tecnología, ha eclipsado las múltiples posibilidades que abre la innovación social que pone el foco tanto en ideas, productos, servicios, procesos, estructuras, organizaciones, comportamientos, prácticas…

Si reconocía la importancia que tiene para nuestras democracias en estos momentos retomar el impulso de la innovación social se debía en gran parte al hecho de que: a) la incorporación de sus propuestas a la agenda política y legislativa es consustancial al sector; b) los procesos de escalabilidad de las soluciones a problemas sociales desde el nivel micro hasta el nivel de política pública también son propios de este campo (¿a nivel estatal se está hablando y visibilizando demasiado poco el trabajo ingente recogido en propuestas referentes como PRESURA 2018 o soy yo, la territorialmente susceptible?); c) si no se orienta al bien común, no es innovación social; d) si no incorpora procesos participativos, colaborativos en los que intervengan los diferentes colectivos afectados, no es innovación social; e) implica mejoras cuantificables respecto a soluciones previas, en términos de eficacia, eficiencia o sostenibilidad; f) transforma comportamientos y prácticas sociales y cotidianas en distintos niveles.

 

 

El hecho de volver a poner en el centro la intencionalidad de provocar cambios y la capacidad colectiva de plantear acciones planificadas y coordinadas para lograrlos, no sólo desde estructuras de partido, no sólo desde los movimientos sociales, sino desde la mayor apertura posible de agencia para la capacidad transformadora que seamos capaces de lograr, me parece decisiva en estos momentos de repliegue a la obediencia.

 

Si sabemos que la innovación social tiende a multiplicarse en determinadas condiciones:

  • A través de la combinación de roles y recursos ya existentes más que de la creación de elementos novedosos en sí.
  • En la superación y amalgama de fronteras organizacionales, sectoriales, disciplinares.
  • En el “roce” de individuos y grupos que previamente se mantenían aislados entre sí, que “no tenían inicialmente nada que ver”

¿qué podríamos crear (más allá de los urbanísimos makerspace…por favor) que pudiese consolidar estos espacios deliberativos enfocados al bien común y no a la polarización debilitante?

En las apuestas por la aplicación de la innovación social a nivel territorial que ha puesto el foco una vez más sobre el hecho de que no puede darse ningún proceso innovador al margen de su contexto cultural, como el caso de Soria que hemos enlazado antes, así como a las que ponen el foco en los procesos de aprendizaje colectivo y el impulso de la innovación pública sigue latiendo la búsqueda de cambios sistémicos que no puede, por muy políticamente melancólicos que nos hayamos puesto, ser desechada sin más.

 

 

Como nos enseñaron los procesos desarrollados por la Plataforma de Escucha Comunitaria de Montreal, si nos detenemos con seriedad a analizar la dimensión cultural de los procesos de innovación social, tratando de desentrañar los valores y creencias compartidos sobre los que se sustenta así como las narrativas de autodefinición en las que se basa o que pretende transformar, en algún momento del proceso tendremos que detenernos DE NUEVO conjuntamente a hablar de:

  • ¿cuáles son las historias que estamos contando sobre nosotras mismas?
  • ¿hacia dónde camina nuestra comunidad, ciudad, sociedad, país?
  • ¿dónde están nuestras potencialidades y retos?
  • ¿cuáles son las relaciones de poder en este espacio?
  • ¿qué queremos hacer conjuntamente?

Por tanto, incorporar a las políticas de impulso de la innovación social la construcción de narrativas de transformación social enfocadas al bien común, no es precisamente un asunto menor en los tiempos que corren.

Planteo esta mínima sugerencia mientras sigo recorriendo el camino. Mujeres al frente de la innovación social en España. Mantengo este horizonte cerca. Suena la canción de Anoushka Shantar. Baila dentro de mí, la vida baila.

 

 

 

El no de las niñas: infancia, desobediencia y participación en la vida cultural

 

 

La pasada semana me quedaba boquiabierta escuchando una entrevista a Harper Nielsen, la niña de 9 años que con su acto de desobediencia a la hora de cantar el himno en el colegio, ha forzado de nuevo el debate sobre la identidad nacional y los derechos de la población aborigen australiana. Como ella misma explica, no tiene por qué obedecer a los adultos por el mero hecho de serlo si ella misma, al leer despacio la letra del himno nacional, no está de acuerdo con su contenido racista. Me gusta especialmente el momento en el que afirma que para ella es importante que se entienda por qué lo ha hecho. 9 años. El llamamiento de los sectores más ultra de la sociedad australiana para que sea expulsada del colegio, profiriendo todos los insultos imaginables, aunque incidiendo en su desobediencia y lo bien que le vendrían “unos buenos azotes”, nos hablan de lo que no podía ser nombrado: la voz de una niña alumbrando un tabú.

Me hacía recordar dos iniciativas pasadas, en las que, desde dos marcos de acción muy diferentes, se ponía de manifiesto otra vez esta triple intersección: infancias femeninas, obediencia/desobediencia y construcción de nuevos imaginarios.

 

El primero es el proyecto Skate Girls of Kabul de la fotógrafa Jessica Fulford-Dobson (gracias infinitas a la comisaria de arte PL Henderson de @womensart1). En un país como Afganistán, con una de las prevalencias de matrimonio infantil más altas del planeta y en el que es un tabú para las niñas montar en bici, Fulford elaboró una galería de retratos acerca de la iniciativa de Escuelas de Skate como programas de empoderamiento de las niñas y cuya exposición ha girado de punta a punta del planeta. No queréis caldo, tres tazas.

 

 

El segundo, también desde la fotografía, fue la publicación del libro “Strong is the new pretty: a celebration of girls being themselves” de Kate T. Parker que consiguió mantenerse varios meses como best-seller en EEUU portando en sí mismo la ambivalencia: proponiendo frente a la industria de la belleza estadounidense y el auge de los certámenes infantiles y su escenografía estereotipada un modelo de infancia de las niñas (sus propias hijas) abierto a todas las expresiones y matices, pero que acabó siendo cooptado, por su fuerza y eficacia, por el patrocinio de grandes marcas como Disney en las que el fondo se desdibujaba. Coincidió en el tiempo con el impulso por parte de las Girls Scouts of America de la campaña Ban Bossy promoviendo el liderazgo de las niñas, alrededor de la mofa estratégica del término “mandona” (I´m not bossy, I´m the boss), campaña que en aquel momento me hubiera gustado ver en España, desde nuestra propia perspectiva cultural, para trabajar con nuestras niñas este estereotipo que aún incide tanto sobre los niveles de participación política de las mujeres en todo el espacio iberoamericano. Lo más cercano al espíritu de esta campaña que he visto en España es el momento (¡inspirador!) de “las chulitas” del Rap “Este es mi barrio” en Orcasitas, del Proyecto Barrios en Madrid.

 

Repasando estos casos me quedaba dándole vueltas a algunas preguntas:

  • ¿cuáles son los itinerarios de aprendizaje de la desobediencia femenina?, si desobediencia y liderazgo femenino van de la mano, ¿qué imaginarios fomentarían un mayor grado de autonomía en nuestras niñas?, ¿cómo estamos educando su capacidad de decir que no?, ¿qué les permitimos liderar?
  • ¿estamos articulando realmente proyectos de transformación con una mirada intergeneracional?, ¿construimos de alguna manera desde una noción de “servicio a las siguientes generaciones”?
  • ¿cómo estamos entendiendo los proyectos de participación ciudadana infantil y cuál es su distribución en España?, ¿cómo estamos entendiendo el derecho a participar en la vida cultural de nuestras niñas y niños?  (viva Tonucci), ¿estamos considerando su voz como una voz legítima para definir también “el nosotros”?

 

 

Políticas del escuchar decir

Recordaba Federica Montseny que, de niña, un poquito frustrada por su poco éxito con las clases de piano, descubrió al poco tiempo lo feliz que le hacía escribir discursos. Después de redactar sus encendidos llamamientos infantiles, cogía a su perro, llamaba a su abuela y ante tal entregadísimo auditorio, discurseaba. Me pregunto qué calidad de escucha fue aquella que permitió que emergiera la Montseny a la que años más tarde los niños de diferentes ciudades españolas recibían al grito de “¡ya está aquí la señora que habla!”.

Contaban también de Ana María Matute que, en una ocasión durante una entrevista en la que pareció enmudecer de golpe, ante la insistencia del periodista, casi tuvo que gritarle: “¿pero hombre, por dios, no se ha dado cuenta de que se ha puesto a llover y de que es un placer escuchar la lluvia?

Volvían a mi mente estos dos recuerdos, leyendo esta semana en la revista argentino-uruguaya “Escucharnos decir” a la socióloga y activista indígena guatemalteca, Gladys Tzul que está proponiendo precisamente como concepto político de cambio el “escuchar decir”. Tras la experiencia frustrante de Gladys ante el conocimiento y realidad de su comunidad que quedaba fuera ante los “aparatajes, metodologías, tecnicismos y códigos en los que se nos obligaba a hablar y discutir” y recogiendo la petición y enfado de las mujeres que le repetían “queremos hablar de lo que nos interesa e importa ¡a nosotras!” consciente de que los auténticos debates de cambio, propuestas, ideas se estaban discutiendo de hecho en los espacios cotidianos, Gladys Tzul lanzó su pregunta sobre las condiciones materiales que, a día de hoy, están permitiendo o dificultando la escucha en nuestros espacios de vida y acción para permitirnos avanzar desde lo que, al hilo de su invitación, surja.

Si bien, desde mi punto de vista, se ha reflexionado mucho más sobre las políticas de enunciación y los marcos que las facilitan (quién tiene derecho a hablar, quién accede o no a la palabra, cómo se amplifica, distorsiona o deslegitima la enunciación), sobre la escucha, especialmente la escucha política transformadora, nos hemos detenido mucho menos.

Aunque existen algunos cauces legales para que la voz ciudadana llegue a las instituciones y tanto algunas organizaciones, partidos políticos, ayuntamientos hayan avanzado en las propuestas de consulta, ¿podemos decir que esta es una escucha política de calidad? Todas las modalidades y creatividad posibles del grito político, desde las concentraciones, caceroladas, huelgas, gritos silenciosos, escraches, ¿ante qué realidades de escucha se enfrentan?

 

 

Al hilo de la reflexión de Tzul se condensaban en mí tres preguntas que me llevaban del nivel más personal al nivel de nuestro espacio público:

1.- ¿Qué o quién está dificultándonos escuchar a los demás o ser escuchados?

2.- ¿Qué o quién nos está impidiendo escucharnos/escucharles y a través de qué mecanismos?

3.- ¿Qué o quién está monopolizando la escucha y por tanto excluyendo a quienes quieren ejercer su derecho a ser escuchados?

Teniendo en cuenta que el actual sistema socio-económico privilegia el sentido de la vista capturando nuestra atención y tiempo a través de la omnipresente imagen, la escucha sigue siendo uno de los elementos centrales a través de los que otorgar reconocimiento a la realidad del otro y su experiencia. Ser escuchados es una de las condiciones básicas para construir comunidad y generar sentido de pertenencia,  de hecho, no hay jerarquía o abuso de poder que no se sustente en la negación o limitación y ritualización de la escucha de aquellos sobre quienes se pretende ejercer el dominio.

Pero la escucha necesita condiciones materiales para poder darse. En la realidad de nuestros consultorios médicos, nuestras ventanillas de trámites, podemos comprobar cómo la escucha queda aplastada bajo el mandato de hiper-productividad, automatismo de la acción y demostración teatral de “no andar perdiendo el tiempo”. Esta vivencia cotidiana nos muestra que sin propiciar nuevos usos del tiempo y mecanismos no automatizados de presencia, la escucha no es posible y la calidad en la misma desaparece.

 

 

Mientras las izquierdas internacionales se quedaban atascadas en el heroísmo superlativo, dejando el campo abierto a la colonización neoliberal de nuestras poco aguerridas vidas cotidianas, las empresas multinacionales con sus correlativas consultorías de coaching se iban llenando de programas de escucha activa casi al mismo tiempo en el que se iban desmantelando los espacios culturales y sociales tradicionales en los que poder ser escuchados. De los confesores, las vecinas y los camareros aguantando parroquianos, pasamos sin apenas darnos cuenta a los sofisticados terapeutas de pago y el desahogo del exabrupto anónimo en redes sociales. ¿Qué espacios físicos o simbólicos estamos construyendo para propiciar la escucha social? ¿Dónde se está escuchando a la gente más de cinco minutos? ¿Dónde podemos sentir reconocida a través de la escucha nuestra palabra?

Se están empezando a dar algunas propuestas culturales que pretenden reflexionar sobre esta cuestión,  como el Observatorio de la Escucha en el País Vasco: “El proyecto parte de los contornos del lenguaje, la percepción y los consensos que practicamos para establecer nuestra convivencia, con el objetivo de plantearnos una serie de preguntas sobre cómo percibimos el entorno, lo social y lo urbano a través del oído y de la creación artística contemporánea: ¿Qué constricciones permite el silencio? ¿En qué se basa la comunicación con otras personas? ¿Cuánto del lenguaje no es verbal, humano o natural?” o el auge de la iniciativa Bibliotecas humanas en las que en lugar de lectura de libros se favorece la escucha de personas y que tanto impacto ha tenido en políticas locales de inclusión social.

Si cambiásemos el foco de atención desde la necesidad de decir a la ampliación y consolidación de nuestro escuchar, ¿qué transformaciones, como las propiciadas por la abuela de Federica, como la lluvia para Matute, posibilitaríamos quizá en nuestro entorno?