Crear

 

 

“En ambos extremos del conocimiento, pero también en el medio,

se mantiene la potencia creadora del ser humano, es decir la imaginación radical”

Cornelius Castoriadis

 

Todavía resonando con el reciente y bello artículo de Jorge Riechmann, Ideas para una nueva Cultura de la Tierra (del que tomo para la vida su cita de Rafael Sánchez Ferlosio, “Mientras no cambien los dioses, nada ha cambiado”) quería reseñar y compartir por aquí la reciente edición (mayo de 2018) en Enclave de Libros del último libro que Cornelius Castoriadis tuvo tiempo para revisar en vida, Hecho y por hacer, pensar la imaginación.

Desde la gratitud y el respeto profundo al legado de autonomía frente al autoritarismo que encarna, comparto algunas notas breves que me resultaron sugestivas por ser una invitación política a crear en el presente.

“No es lo que existe lo que necesita de nosotros, sino lo que podría y debería existir” El hecho de poner el foco de atención sobre la capacidad colectiva para crear nuevos mundos, no desde una simple óptica combinatoria (“hablo de auto-creación, no de auto-organización”), ni desde la inercia de seguir siendo lo que ya es, sino desde el despliegue de lo que está por crear porque aún no es, nos devuelve a la urgencia de reconquistar la imaginación como prioridad política.

Como señala Adrián Almazán en el prólogo de esta edición:

“Quizá la pregunta que más resuene en todo el pensamiento sobre el mundo socio-histórico de Castoriadis sea, ¿qué deberíamos conservar y qué transformar, qué mundo es el que queremos construir?”

 

 

Desde este ¿qué construimos? en Hecho y por hacer se van entreverando algunas invitaciones:

 

La necesidad de desarrollar un imaginario de la autonomía asentado en nuevas subjetividades reflexivas y deliberantes, frente a las subjetividades impuestas por el neoliberalismo:

“El capitalismo parece haber logrado fabricar al fin el tipo de individuo que le corresponde: uno perpetuamente distraído y haciendo zapping de un goce a otro, sin memoria ni proyecto, listo para responder a todos los requerimientos de una maquinaria económica que destruye cada vez más la biosfera planetaria para producir ilusiones denominadas mercancías.”

Alertando de que “el proyecto de autonomía no es una fulguración en un cielo límpido” la invitación a la deliberación (también y principalmente sobre nuestra mortalidad y finitud) como alternativa al consumo está siempre presente.

 

La obsesión por el riesgo de que los movimientos colectivos degeneren dando nacimiento a nuevas burocracias (“totalitarias o no”, apunta Castoriadis), fantasmas de los que nos creíamos a salvo, pero…no:

 

“No veo cómo podría instituirse una sociedad autónoma, una sociedad libre, sin un verdadero devenir público de la esfera pública/pública, sin que la colectividad vuelva a apropiarse del poder, sin que se suprima la división del trabajo político, sin libre circulación de información políticamente pertinente, sin abolición de la burocracia, sin la más avanzada descentralización de decisiones.”

 

(Imagen tomada por Emilio Suárez)

 

Imaginación y creatividad social:

En esta invitación permanente al despliegue de una nueva creatividad social, en Hecho y por hacer Castoriadis subraya la importancia de generar nuevos sentidos “para la vida y la muerte” aprendiendo de:

“Las significaciones sociales imaginarias, casi siempre religiosas, que tejen al unísono el sentido de la vida y la muerte del individuo, el sentido de la existencia”

Así, se nos impone colectivamente un ejercicio de imaginación que supere la realidad actual, que no cuestione en el vacío sino que contraponga realidades:

“La imaginación juega un rol central ya que el cuestionamiento de las “verdades establecidas” no es ni puede ser nunca un cuestionamiento en el vacio, sino siempre hermanado con la posición de nuevas formas y figuras de lo pensable creadas por la imaginación radical y sujetas al control de la reflexión”

 

“La verdad del pensamiento es ese movimiento mismo, en y por el cual lo ya creado se encuentra situado e iluminado de otro modo por una nueva creación de la que está necesitado para no hundirse en el silencio de lo simplemente ideal”

 

Dogmatismos y fanatismos en el ámbito del conocimiento:

En la invitación aspiracional para la creación de nuevos horizontes de acción emancipadora presente en la obra resulta interesante la pregunta que se nos lanza como contrapeso: “¿Qué no cuestionamos?” Se nos invita a indagar en nuestro propio peso dogmático, desarrollar un estado de alerta permanente en relación a “lo obvio”, “lo que es así”. ¿En qué dogmas nos asentamos y cómo los reconocemos?

 

Lanzo en este río estas notas breves de lectura por si en alguna de las preguntas abiertas con las que nos interpela Castoriadis nos podemos encontrar.

 

 

 

 

 

En la revista Grand Place, Cortafuegos frente al odio y la pureza

 

Ha querido la vida que en el segundo cumpleaños de este blog que celebramos hoy y que nació desde y  para la heterodoxia, la revista Grand Place de la Mario Onaindia Fundazioa haya querido darle presencia y espacio a algunas de las conversaciones recurrentes de esta web durante estos dos últimos años.

Agradeciendo a la dirección y a todo el consejo de redacción la sensibilidad con la que han acogido este llamamiento a poner en el centro de la lucha contra el fundamentalismo, el racismo y el avance de los discursos del odio, la defensa y promoción de los derechos culturales de las mujeres como cortafuegos estratégico global, comparto aquí el artículo con el deseo de seguir trenzando juntas, juntos palabras de pluralismo y paz.

Para quienes habéis estado presentes y al otro lado durante este tiempo, eligiendo construir, mi gratitud con alegría.

 

 

 

 

El dolor de los demás: políticas culturales y derechos humanos

(Todas las imágenes son obras de Juan Genovés)

 

Me quedaba la semana pasada colgando de una frase del documental de Ai Wei Wei “Marea Humana” (aprovecho para dar las gracias, puesto que me lo recordó, a ese tesoro en la red que es Cultopías de Entrepueblos): la creciente inmunidad frente al sufrimiento de los demás es el mayor peligro político que actualmente afrontamos.

Venía ese eco a acompañar mi deseo de traer aquí la reflexión que Alfons Martinell junto a Beatriz Barreiro han compartido en el último Informe sobre el estado de la cultura de la Fundación Alternativas, aunque ya estaba apuntada en el artículo “La igualdad de acceso y la diversidad como objetivos centrales: nuevas políticas culturales” en el Informe que dedicaron a la diversidad:

 

“Las necesidades y desafíos de las políticas culturales no se están abordando desde una óptica de derechos humanos.”

“Muy pocos colectivos culturales utilizan el discurso y las herramientas de los derechos culturales para reivindicar sus pretensiones, más allá de meras expresiones retóricas.”

 

Entendiendo que nos estamos enfrentando a un proceso de ampliación de lo que tradicionalmente comprendemos como políticas culturales, poniendo en el centro el papel que juegan éstas para construir la legitimidad de la voz pública y de los “sufrimientos y visiones del mundo” que cuentan y la construcción, por tanto, del “nosotros” válido, a través de conocimientos e imaginarios, tomaba para mí carácter de urgencia tomarnos en serio nuestra capacidad colectiva para hacer valer el derecho “a tomar parte libremente en la vida cultural de la comunidad” como lo que es: un derecho humano.

 

“Art.27 de la Declaración de los Derechos Humanos: Toda persona tiene derecho a tomar parte libremente en la vida cultural de la comunidad, a gozar de las artes y a participar en el progreso científico y en los beneficios que de él resulten.”

 

Como señalan Barreiro y Martinell, cuando desde las políticas culturales nos colocamos en un enfoque basado en derechos humanos, “se refuerza la necesidad de disponer de un marco teórico y conceptual acorde con los planteamientos de los derechos culturales” dado que “preguntarse si España cumple en los derechos culturales nos obliga a nuevas lecturas de la realidad” y “parece que la institucionalidad cultural adaptada y construida a partir del marco democrático de 1978 no responde a las reclamaciones del Comité DESC de Naciones Unidas”

 

Como ya compartimos en el artículo anterior Políticas culturales y derechos humanos esta perspectiva, quería compartir aquí dos iniciativas recientes que están poniendo sobre la mesa la emergencia de abordar colectivamente cómo estamos construyendo la legitimidad de la voz y qué políticas la refrendan.

 

 

La primera iniciativa, en el marco internacional, partiendo de la Convención Americana que establece que “sólo es posible una vida libre, exenta del temor y de la miseria cuando se garantice el goce de los derechos económicos, sociales y culturales” es el Cuestionario lanzado por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos para la elaboración del Informe sobre personas trans y sus derechos económicos, sociales y culturales, en el que se invita también al sector cultural a reflexionar sobre qué tipo de violencias (exclusión, discriminación) pueden estar afectando al derecho a participar en la vida cultural en pie de igualdad a las personas trans, impidiendo su acceso a servicios educativos y culturales o legitimando los imaginarios que perpetúan su exclusión laboral y empobrecimiento. Así, desde el paradigma de derechos humanos, la CIDH está solicitando también a responsables de políticas culturales:

“Suministrar información sobre leyes, normativas, directrices, decisiones judiciales, proyectos y políticas públicas que garanticen y protejan los derechos culturales de las personas trans, bien como barreras existentes para que las personas trans tengan la oportunidad de participar en la vida cultural.”

 

 

La segunda iniciativa, ya en España (y que, por cierto, podría suponer un paso fundamental para el efectivo cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible -nº3 Salud y Bienestar, en su apartado dedicado a la salud mental- en nuestro país propuesto por el nuevo ejecutivo, en el espíritu que los alienta de “no dejar a nadie atrás”) es la campaña #0Contenciones promovida por el colectivo activista en salud mental Locomún y que mejor ejemplifica para mí la importancia de concentrar nuestra acción y atención sobre la construcción de la legitimidad de la voz.

Partiendo, entre otros, del Informe del Relator Especial de Naciones Unidas sobre la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes que señala que “inmovilizar a personas con discapacidad psicosocial incluso durante un breve período de tiempo puede constituir tortura y malos tratos”, están confrontándonos de un modo directo y a través de una movilización en primera persona y a la vez absolutamente transversal con la realidad cotidiana de esta práctica en nuestro país, su ampliación, por ejemplo,desde las áreas de salud mental también a las áreas de geriatría y la interrelación entre los recortes económicos en sanidad, la pérdida de derechos laborales de los trabajadores sanitarios y la correlación directa con el aumento en la aplicación de contenciones a personas con sufrimiento psíquico.

Enfrentando como casi ningún otro colectivo la violencia estructural que reside en la negación de la legitimidad de la voz y del reconocimiento del sufrimiento válido, están tratando de transformar esta dimensión central de su exclusión precisamente en uno de los ejes clave de su tablero de juego confrontándonos como sociedad con la construcción social y cultural de la credibilidad y el dolor que cuentan. Igualmente están dirigiendo nuestra mirada, como decíamos al principio, hacia la inmunidad y creciente normalización con la que asistimos socialmente a las prácticas cotidianas de crueldad (y que tanto tiene que ver con el auge del neofascismo en toda Europa) construyendo colectivamente “espacios de sombra” para la normalización del trato inhumano o degradante.

Dejando para el diálogo común estas dos iniciativas al hilo de la invitación de Martinell y Barreiro para reforzar nuestra mirada desde la cultura como eje central para el efectivo cumplimiento de los derechos humanos, dejo dos preguntas abiertas para un final:

  • ¿Qué prácticas culturales están legitimando el silenciamiento y la deslegitimación del “dolor de los demás”?

 

  • Desde el sector cultural español en su sentido más amplio, ¿cuándo vamos a hacer frente común con los colectivos que trabajan por la judicialización de los DESC para exigir una ley que nos permita proteger a quienes son excluidas de su derecho a participar en la vida cultural?

 

 

 

 

 

 

 

 

Canción de amor (muy íntima) para Nicaragua

 

Durante años, de camino a clase, leí aquel mural que apareció una mañana y que duró lo que tarda en desteñir la pintura de los muros. Para leer aquello había que estar atenta, cada palabra en un pilar junto a la carretera antes de llegar, en lugar de punto, a la estrella roja: Ahora-más-que-nunca-con-el-frente-sandinista-de- liberación-nacional.

Empecé a sospechar que aquello, “que iba de América”, a lo mejor tenía algo que ver con aquella otra América de la que se vio obligada a volver aquella monja, Plena Era Wojtyla, que se pasó aquel curso de religión de 8ºEGB incitándonos a “robar las manzanas y comérnoslas” mientras nos obligaba a ver todos los documentales que sobre monseñor Oscar Romero en el mundo han sido.

Aquella estrella roja del final se convirtió con los años para mí en Gioconda Belli que decía “revolución” diciendo cosas como “te quiero como gata panza arriba”. Pero ellos más de Roque Dalton, claro, yo de Roque Dalton menos y después, más heroico para mí, menos “lengua otra”. Porque yo, de Ernesto Cardenal, los Epigramas, Solentiname, lo que él quiera. Mi ministro de Cultura y Telescopio Hubble al infinito nuestro. Y Oración por Marilyn Monroe. Siempre la piel de gallina con Oración por Marilyn Monroe porque a lo mejor había que salir a la calle a hablar también de aquello.

Y al compás, todo, Freires, alfabetización, aquella migrante que llegó al barrio y hablaba poco de su país, El Salvador, y su etapa de guerrillera.

Nicaragua, sí, claro, siempre, al fondo, memoria emocional y por eso cerca. Como aquellas movilizaciones (ay juventudes descarriadas que nada saben de política sin disciplina de partido) por la condonación de la deuda externa, después del “paz para Bosnia”, ¿de mayores? todas acampada del 0,7, todas ONG.

Pero Nicaragua, no me olvido, Ernesto, tus Salmos:

“Sus ametralladoras están apuntadas contra nosotros/Levántate Señor/no te olvides de los explotados”

Aunque después, no sé, tierra de nadie, años dos mil, España, encuesta al azar en clase de políticas “¿cuántas personas recuerdan algo de la revolución sandinista?” y de 100 menos de 10. Somos Europa, ¿sabéis?, brit pop, cinismo, cocaína.

Y luego te empezaron a perseguir, Ernesto, ¡a ti!, no te dejaban ni estar en tu casa. En nombre de Nicaragua no se dejaba estar en su casa a Nicaragua y protestamos por aquello, pero poco, desde lejos, tampoco andemos revolviendo.

Y ante tanta dejadez, viejito como estás, has tenido que salir a gritar una vez más ¡pero de qué demonios hablan, dónde están, por qué no actuán, nos están matando! Que en nombre de un pasado que nos roban, el nepotismo nos mata. Que van más de 200 muertos, que nos masacran en las iglesias, que han quemado hasta a los niños.

Mírennos desde el presente y ACTÚEN, por toda la dignidad que una vez les dimos:

 

A tu pueblo lo han borrado del mapa

y ya no está en la Geografía

Andamos sin pasaporte de país en país

sin papeles de identificación

Y tú eres ahora un Dios clandestino

¿Por qué escondes tu rostro

olvidado de nuestra persecución y de nuestra opresión?

Despierta

y ayúdanos!

Por tu propio prestigio!

(Salmo 43, Ernesto Cardenal)

Apropiación cultural y herencias negadas

“No tiene sentido hablar de derechos culturales fuera de un compromiso

vinculado a la economía política de la dignidad”

El pluralismo sostenible y el futuro de la pertenencia

Arjun Appadurai-Katerina Stenou

 

Surgían en los últimos diez días tres noticias encadenadas que llevaban al centro de la actualidad los debates sobre la apropiación cultural y que nos obligan a desarrollar estrategias de actuación en nuestro país tanto para afrontar las deudas históricas y memoriales relativas a esta cuestión, como a implementar medidas de protección frente a los nuevos modelos de presión extractiva en el campo cultural.

Por un lado volvía a ser actualidad la siempre postergada pero siempre anunciada devolución de bienes culturales africanos a sus países de origen por parte de Francia, piedra en el zapato para Macron que está tratando de, tras las críticas recibidas el pasado año, reconvertir este tema en uno de sus ejes de auto-imagen estratégicos en este Año Europeo del Patrimonio; la cancelación del musical “Slav” dirigido por Robert Lepage basado en cantos de esclavos estadounidenses bajo las protestas de la comunidad negra canadiense por apropiación cultural,  y, volviendo a España, la denuncia por plagio a Dolce & Gabbana por parte de los pueblos gallegos Vilariño de Conso y Viano do Bolo, que han visto cómo sus bordados tradicionales de carnaval han terminado en las pasarelas de alta costura a precios exorbitados sin reconocimiento ni mención alguna al trabajo de generaciones de artesanas gallegas. Aprovechando, una vez más, para alertar del hecho de que las estrategias de presión extractiva que hemos conocido en sus vertientes más feroces en América Latina están siendo introducidas en Europa por nuestro “fuera de foco” medio rural, quería aprovechar la oportunidad para recuperar aquí (es del 2016) uno de los trabajos documentales más inspiradores (al menos para mí) de los últimos años que ha tratado de llevar al centro la necesidad de dirigir nuestra mirada en España a nuestras deudas de apropiación cultural y herencias negadas, por si pudiese servirnos de referencia para seguir avanzando en alguna de las líneas que traza.

 

 

Me refiero al trabajo desarrollado por el director Miguel Ángel Rosales en su documental “Gurumbé, canciones de tu memoria negra” en el que, a través de la puerta de entrada de la musicología traza un proyecto muchísimo más ambicioso en el que nos confronta con la negación histórica de la herencia cultural africana en España. De su trabajo recupero para esta semana de robos culturales:

 

La potencialidad de la pregunta ¿quiénes faltan en nuestro conocimiento como país?

En el diálogo de gran fuerza política que logra tejer entre diferentes disciplinas sociales y humanísticas (musicología, historia, antropología…) se hacen evidentes los huecos, los vacíos, las líneas de poder discursivas que han logrado negar campos completos de herencia cultural en España, en concreto todo el legado de la afrodescendencia en la península Ibérica. En este Decenio Internacional para los Afrodescendientes sería importante abordar, más allá de acciones puntuales o de imagen y si realmente queremos hablar en serio, este enorme “no dicho” español relativo tanto a su protagonismo en las rutas comerciales de la esclavitud como al reencuentro con nuestras propias raíces diversas del pasado para afrontar con mayor amplitud y reconocimiento nuestra diversidad del presente.

 

La urgencia de revisión de los contenidos curriculares escolares

A través de un metraje de hora y media llega a abochornar el silencio (mejor dicho, el vacío, no es lo mismo) con el que aún seguimos educando a nuestras generaciones más jóvenes respecto a nuestro propio pasado colonial y a los debates críticos sobre la construcción histórica de nuestro propio racismo y nuestras ausencias simbólicas y memoriales. Se repite por parte de todos los investigadores la necesidad de que esta dimensión entre de una vez por todas en los contenidos curriculares escolares.

 

 

Actualización de las narrativas esclavistas

En el trabajo audiovisual de Rosales aparece una línea en la que sería interesante profundizar. Al bucear en el propio pasado esclavista de la península Ibérica se hacen muy evidentes los procesos de actualización de viejas narrativas de esclavitud que bajo nuevos ropajes siguen operando en la actualidad. Es una línea educativa preventiva. Cuando te confrontas con crónicas del siglo XVI en las que se detalla la desesperación de las madres africanas en el puerto de Lisboa ante la separación forzosa de sus hijos, el riesgo de tibieza con las mismas prácticas en el presente desaparece por completo. ¿Qué papel está jugando España, por ejemplo, en las estrategias memoriales sobre la esclavitud que está desarrollando la UNESCO? ¿Tenemos algún papel? ¿Le estamos dando alguna importancia a esta dimensión educativa y lo que podría aportar a nuestro presente, teniendo en cuenta la gravísima vulneración de derechos humanos de la Frontera Sur?

 

Cooperación cultural, esclavitud y banca española:

Junto a la necesaria confrontación pendiente con el pasado esclavista que está en el origen de los principales bancos españoles, sería importante poner el foco con mayor intensidad sobre la interrelación entre las actuales políticas comerciales y las políticas de cooperación cultural con África. Con el riesgo de neocolonialismo siempre sobrevolando la escena, sería interesante replantearnos una vez más qué criterios de partenariado económico validamos en nuestra cooperación cultural con África y si no sería un paso previo impostergable asumir y reparar el peso que la trata de esclavos tuvo para la banca española.

Me quedaría por tanto con tres tareas pendientes:

  • ¿cómo estamos afrontando los temas vinculados a la apropiación cultural en nuestro país?, ¿cómo nos relacionamos con nuestra apropiación cultural del pasado y afrontamos los retos del extractivismo cultural del presente?
  • ¿cuáles serían nuestros “vacíos de país” y cómo remediarlos?
  • ¿qué criterios desde un enfoque de derechos humanos siguen los partenariados económicos de la cooperación cultural española, especialmente con África y qué canales de comercialización cultural asegurarían una interrelación en igualdad con el continente?

 

 

Existir en plural: espacios de la imaginación contra el odio

 

“Es tan sencillo pasar por alto el dolor del otro.”

Elaine Scarry

“Nadie define el nosotros en solitario”

Carolin Emcke

 

Con la crueldad política del cierre de los puertos italianos en portada a las más de seiscientas personas refugiadas necesitadas, en primer lugar, del más elemental de los derechos al reconocimiento de la humanidad común, quería la coincidencia que estuviese leyendo Contra el odio de Carolin Emcke.

En la misma dirección de otros libros de emergencia como fueron Identidades asesinas de Amin Maalouf o Identidad y violencia de Amartya Sen, la filósofa alemana se ha sentado a escribir con la urgencia sentida ante las explosiones sociales de odio vividas en su país (aunque no sólo) frente a la llegada de refugiados. Ante la constatación de la permisividad y normalidad con la que estamos asistiendo al crecimiento del clima de fanatismo en toda Europa, aporta Emcke en este libro algunos conceptos que me resultan interesantes y útiles para ampliar nuestra mirada.

  • Retórica para la transformación social: en la línea de grandes lingüistas y comparatistas literarios y como cada vez que el fantasma del fascismo vuelve a entrar en escena, Emcke pone en el centro la necesidad de afianzar nuestras capacidades críticas colectivas frente a los usos del lenguaje y las narrativas del odio. Humanistas y lingüistas aparecen como actores clave para protagonizar esta labor de prevención colectiva (no en balde, la UNESCO usa un eslogan en la misma dirección en todas sus campañas de educación contra el antisemitismo: “El Holocausto empezó en las palabras”)

Dice Emcke:

“Observar el funcionamiento del odio siempre implica señalar en qué casos habría sido posible hacer otra cosa, cuándo alguien podría haber tomado otra decisión, en qué circunstancias alguien podría haber intervenido, cuándo alguien podría haber renunciado. Analizar las estrategias retóricas, las metáforas y demás imágenes que generan y canalizan el odio entraña siempre la determinación de mostrar aquellos puntos del entramado narrativo por donde el odio y la violencia pueden ser interrumpidos y socavados.”

Si según Didier Eribon, en cita de Emcke, los grupos y entornos especialmente proclives al fanatismo y el racismo son aquellos que construyen su cohesión alrededor de su sentimiento de impotencia frente a la realidad social, es obvio el papel incendiario que pueden desempeñar determinados modelos de comunicación para reforzar dicha sensación colectiva de impotencia.

 

  • Muy interesante, y no por mil veces repetido deja de ser una emergencia, es la llamada hacia nuestra capacidad colectiva de detectar e intervenir sobre los actuales Regímenes de mirada por los que solo vemos a los individuos como representantes de colectivos, “en bloque” (“están viendo a unas personas asustadas, pero no perciben el miedo ni a las personas”):

“No ser visto ni reconocido, ser invisible para los demás, es la forma de desprecio más esencial. Los invisibles, los que no son percibidos en la sociedad, no pertenecen a ningún nosotros.”

“¿Qué tipo de afectos promueven esa forma de mirar que hace que unos sean visibles y otros invisibles? ¿Qué ideas alimentan esa actitud que anula o enmascara a los demás? ¿Quién o qué conforma esa actitud? ¿Cómo se transmite? ¿Qué relatos históricos sustentan esos regímenes de miradas que distorsionan y ocultan a las personas? ¿En qué marco se fijan los patrones interpretativos según los cuales determinadas personas son catalogadas como invisibles e insignificantes o como amenazantes y peligrosas?”

 

 

  • Una nueva dimensión del “odio espectáculo”: Nos llama Emcke a no pasar por alto, si bien fruto de una larguísima herencia histórica, la necesidad de articular medidas de resistencia civil ante las nuevas escenificaciones del odio “que se dirige contra unas víctimas que no pueden negarse a participar en una escenificación que los denigra”. Entiende como parte de esta escenificación (no sólo con la viralidad de las redes al fondo) aquella caja de resonancia necesaria formada a base de silencio que reafirma las prácticas cotidianas de exclusión que recuerdan a las víctimas del odio el hecho de que su vulnerabilidad puede ser atacada arbitrariamente por cualquiera y en cualquier momento. Emcke nos llama a reflexionar como sociedad sobre el hecho de que el odio no necesita una base ni un pretexto real, le basta con la proyección y fabrica su propio objeto a medida. ¿Qué estrategias de cortafuegos podemos desarrollar como sociedad frente a ello?

 

  • Su apuesta por el desarrollo de una nueva cultura política del error y la duda me ha resultado inspiradora:

“Para los representantes políticos, reconocer posibles errores en su forma de pensar y de actuar es tan elemental como para los medios de comunicación y los miembros de la sociedad civil.”

No sólo aboga Carolin Emcke por el reconocimiento y visibilización de los errores en sí, como medida contrapuesta a la seguridad total y certeza absoluta que necesita el odio, sino a la clarificación de nuestras perspectivas, a nuestra capacidad de crítica de nuestros propios esquemas perceptivos que pueden estar equivocados en mil formas diferentes y no sólo por tiempo y lugar y al reconocimiento de los límites de nuestros propios cánones de conocimiento que imposibilitan en muchas ocasiones el reconocimiento de la diversidad (“la resistencia civil contra el odio también implica, a mi modo de ver, reconquistar los espacios de la imaginación”)

 

 

  • Me interesa especialmente, aunque está tratado de un modo muy somero en el libro, la identificación de una tendencia creciente en toda Europa (y que se ha visto de un modo terrible en los ataques al memorial de Auschwitz en Polonia): la utilización por parte de los partidos neofascistas de las instituciones culturales, especialmente las vinculadas a las políticas de patrimonio, para la construcción de un concepto de identidad nacional con carácter sustancial y basado en la exclusión. Creo que es un tema que habría que abordar con urgencia en este 2018, Año Europeo del Patrimonio.

 

Cierro mi lectura urgente de un libro de emergencia con una de sus reflexiones finales, el hecho de que “nadie define el nosotros en solitario”, el nuevo llamamiento al reconocimiento urgente de nuestra interdependencia y su hermosa manera de nombrarlo para este final: “existir en plural”.

 

 

 

Violencia sexual y duelos de país

(Homenaje a las mujeres coreanas violadas por soldados del ejército japonés, Reuters)

 

Quería la casualidad que la sentencia por la violación grupal de “La Manada” me encontrase reflexionando sobre la transmisión transgeneracional del trauma cultural gracias al recién editado en español “Psicología de las sociedades en conflicto. Psicoanálisis, relaciones internacionales y diplomacia” de Vamik D. Volkan.

Junto a todo lo escrito en esta semana de ruptura de velos, especialmente en relación al sistema de justicia, no dejaba de desasosegarme el hecho de que dos de los violadores formasen parte de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, llevando a cuestionarme qué tipo de pruebas psicológicas se están realizando en los procesos de acceso a los mismos y cómo dichas pruebas están mostrando puntos ciegos respecto a la detección de la cultura de la violación, qué modelo de masculinidad se ve reforzada y glorificada en su seno y de qué modo el mandato de remilitarización de las identidades masculinas a la que estamos asistiendo a nivel internacional ha aterrizado ya en sus formas extremas (o irresponsables) en la cotidianidad española. En la resonancia en mi propio cuerpo con la que he asistido, junto al resto de mujeres españolas, a esta sentencia, se actualizaba en mí también el duelo y la memoria no resuelta en relación a la violencia sexual y las violaciones grupales del siglo XX en nuestro país sobre cuyo silencio (junto al del continente europeo), convertido en grito ahora, se edificó la Transición y democracia española.

 

 

Al hilo de todo ello nacían en mí algunas preguntas:

 

  • El sesgo de género sobre los procesos memoriales que se han afrontado en España y la integración en nuestro relato de país de los aspectos sexuales de la violencia de nuestro siglo XX.

 

  • Siguiendo la terminología de Volkan relativa a los “traumas y glorias designados” sobre los que se edifican las identidades colectivas, las identidades de país, ¿cuándo el dolor de las mujeres pasa a ser “dolor de Estado”?, ¿de qué modo la monumentalidad conmemorativa, la designación de fechas memoriales, la ritualidad colectiva del duelo está siendo sensible al género y es capaz de construir país, conjugar el plural “universalizable” alrededor de lo acontecido a las mujeres?

Escribo esta breve entrada de preguntas por responder, consciente de que en nuestro presente, por fuerza, necesitamos transformar al servicio del futuro el dolor de todas.

(Imágenes pertenecientes al colectivo Actoras de Cambio, visibilizando las violaciones a mujeres mayas durante el conflicto armado en Guatemala)

 

 

Derechos culturales e igualdad de género: tejiendo puentes México-España

(Para más información, este enlace)

Desde la gratitud por la invitación, nos hacemos eco de la apertura de las inscripciones a la IV Cátedra en Arte y Cultura Universidad Autónoma de Aguascalientes que versará sobre Derechos culturales y que se celebrará en Madrid los días 8, 9 y 10 de mayo. Un placer siempre tender puentes entre México y España.

Reproducimos la información:

La Secretaría de Relaciones Exteriores, a través de la Embajada y el Instituto de México en España, en
coordinación con la Universidad Autónoma de Aguascalientes, y el Centro de las Artes y la Cultura, tiene el honor de invitar al público en general al curso-taller dentro del marco de la IV Cátedra en Arte y Cultura Universidad Autónoma de Aguascalientes.

La identidad de un país está implícitamente ligada a la forma en que garantiza el ejercicio de los
Derechos Culturales a sus ciudadanos. Los Derechos Culturales son esenciales para la dignidad humana y deben interpretarse según los principios de universalidad, indivisibilidad e interdependencia. Estos derechos son la base de una ciudadanía plena y hacen de los individuos, en el colectivo social, los protagonistas del quehacer en el campo de la cultura, y esa cultura además se proyecta hacia las distintas manifestaciones artísticas.
No podemos hablar del arte y la cultura sin el ejercicio pleno del derecho a la expresión a través
de la participación artística, del disfrute de los bienes culturales y las garantías plenas para su
producción y consumo. Por medio del taller Derechos Culturales en México, se busca presentar
la diversidad cultural y artística del país a través de los distintos instrumentos y plataformas que
promueven el ejercicio de estos derechos dentro de las manifestaciones urbanas, rurales e indígenas del país, entre otras.

 

 

Mesa de encuentro:
Derechos culturales e igualdad de género
Jueves 10 de mayo de 18:30 horas

Instituto de México en España, Carrera de San Jerónimo, 46

Esta mesa busca reflexionar sobre la diversidad de la realidad cultural de nuestras sociedades, sus
mecanismos de conservación, reelaboración y transmisión, y sobre la importancia de escuchar
todas las voces que la conforman para garantizar la libertad de expresión y el desarrollo inclusivo y
respetuoso de toda la población. En este encuentro hablaremos de arte, de cultura, de derecho y, a la
vez, intentaremos visibilizar a uno de los colectivos con menor representación en el sector: las mujeres.

Participan:
Irlanda Godina Machado- Universidad Autónoma de Aguascalientes

Estefanía Rodero Sanz- Socióloga de la cultura y teórica literaria

Lourdes Lucía Aguirre- Co-fundadora de Attac y presidenta de su filial en Madrid.

 

 

De los debates sobre humanismo global

(Ilustraciones de Miguel Ángel Ávila Lombana)

 

 

“Todo el mundo es extranjero para alguna otra tradición o identidad adyacente a la propia.”

Edward Said

 

“Lo que los seres humanos tienen en común no es la racionalidad,

sino el hecho ontológico de su mortalidad; no es su capacidad de razonar,

sino su vulnerabilidad al sufrimiento.”

Bonnie Honig

 

En el inicio de esta década, allá por mayo del 2010, la UNESCO se propuso abrir un nuevo debate mundial que, partiendo de la escalada de las prácticas de deshumanización concretas en todo el globo, se plantease qué significaría impulsar un nuevo humanismo para el siglo XXI. A partir de la pregunta central ¿qué significa el hecho de vivir con dignidad la vida humana? y asumiendo tanto la crisis de “lo universal” como su pasado sangriento, impelida por los nuevos escenarios de privatización de la seguridad, las nuevas políticas de vigilancia y la creación de facto de un planeta de refugiados, los debates acaecidos allá por el 2010 se plantearon:

  • ¿cómo podríamos pensar colectivamente un nuevo humanismo post-colonial?, ¿qué significaría dialogar con la diversidad internacional de tradiciones humanistas con el fin de construir un humanismo intercultural para la ciudadanía global?
  • ¿qué supondría avanzar en este humanismo global en su dimensión práctica?, ¿qué compromisos concretos adquiriría respecto a la protección de la vida digna en todas las partes del globo?
  • ¿cómo incorporaríamos a este debate mundial la necesidad de desmontar la distinción tajante entre hombre y naturaleza de sesgo eurocéntrico?, ¿cómo podría ayudarnos este humanismo global a caminar hacia la protección de las generaciones venideras?
  • ¿cómo se definiría y construiría la pertenencia, el sentido de pertenencia desde este humanismo global?

Teniendo en cuenta que este marco de diálogo se ha visto desbordado en los últimos años y dentro de la UNESCO ha virado hacia programas de urgencia relativos a la prevención y actuación ante el auge del discurso del odio y los nuevos procesos de extremismo  y fundamentalismo violento, quería tomar de la mano por un momento (afortunada yo) a Edward Said que dedicó los últimos esfuerzos de su vida a reflexionar sobre las potencialidades democráticas del humanismo, al menos para cuestionarnos si el carpetazo dado en programas y presupuestos a esta conversación mundial, se ha dado por agotamiento o podría iluminar algunas emergencias del hoy.

Tal y como Said se enfrentó a la cuestión en “Humanismo y crítica democrática: la responsabilidad pública de escritores e intelectuales”:

“El humanismo podría ser un proceso democrático que diera lugar a una mentalidad crítica cada vez más libre (…) Comprender el humanismo en su conjunto, para nosotros, significa comprender que se trata de algo democrático, abierto a todas las clases y trayectorias sociales, y entendido como un proceso de revelación, descubrimiento, autocrítica y liberación. Obtiene su fuerza y relevancia de su carácter democrático, secular y abierto (…) No hay contradicción alguna entre la práctica del humanismo y la práctica de la ciudadanía participativa.”

 

 

Así Said, conjurando los cantos de sirena del siglo XX que promulgaron un retorno a las torres de marfil frente a la irrupción abrupta de las identidades (“la literatura de los esclavos, los pobres y las minorías”) y los imperativos de la realidad socio-económica, situó la supervivencia de la educación humanística precisamente en el escrutinio crítico de toda tergiversación del poder y sus lenguajes así como en la resistencia a los estereotipos, la supervivencia humanística por la vía de la mundanidad. Así, la capacidad de ofrecer alternativas de conocimiento silenciadas o no disponibles en los medios de comunicación, la labor de invalidación y desmantelamiento de representaciones prefabricadas, cosificadas o directamente deshumanizadoras, así como la desmitificación de las múltiples “supremacías” se erigirían como programa clave de acción para el humanismo del siglo XXI:

“Jamás ha habido una ignominiosa injusticia secreta, ni un cruel castigo colectivo, ni un plan de dominación imperialista manifiesto que no pudieran ponerse al descubierto, explicarse o criticarse. Sin duda, todo esto también reside en el corazón de la educación humanística.”

 

“Creo firmemente que el humanismo debe ahondar en los silencios, en el mundo de la memoria, de los grupos nómadas que apenas consiguen sobrevivir, en los lugares de la exclusión y la invisibilidad, en ese tipo de testimonios que no aparecen en los informes.”

 

“No puede haber un verdadero humanismo cuyo alcance se vea limitado a ensalzar patrióticamente las virtudes de nuestra cultura, nuestro idioma y nuestras grandes obras (…) Tal como entiendo hoy día su relevancia, el humanismo no es un modo de consolidar y afirmar lo que “nosotros” siempre hemos sabido y sentido, sino más bien un medio para cuestionar, impugnar y reformular gran parte de lo que se nos presenta como certezas ya mercantilizadas, envasadas, incontrovertibles y acríticamente codificadas.”

 

 

Así frente a las amenazas al humanismo (la construcción dicotómica del nosotros contra ellos, el fervor religioso e identitario, la utilización política de la exclusión, la tergiversación de la memoria, el reduccionismo, el cinismo, la homogeneización) Said nos proponía retomar como punto clave para nuestras agendas políticas, la ciencia de la lectura:

“Sólo los actos de lectura llevados a cabo cada vez con mayor minuciosidad, con mayor atención, con mayor amplitud, con mayor receptividad y resistencia pueden dotar al humanismo del adecuado ejercicio de su esencial valía.”

En un contexto global en el que observamos un rebrote de las “misiones nacionales”, me pregunto si esta apuesta por el humanismo como proceso democrático no podría dotarnos de herramientas (¡inmediatas!) y prácticas para generar cortafuegos ante el avance del discurso del odio, situando en la lectura crítica de todos los lenguajes una línea central de actuación y en la protección de los periodos prolongados de reflexión una vacuna. Me preguntaba por todo ello estos días, tratando de entrever cómo no deslizarnos hacia discursos dicotómicos, protegiendo toda multiplicidad y complejidad o cómo sembrar desde nuestros respectivos compromisos con el conocimiento “campos de coexistencia en lugar de campos de batalla”.

 

 

 

 

 

 

 

 

De la injusticia epistémica y el extractivismo cognitivo: un diálogo

 

 “La palabra legítima le pertenece a los de arriba, los de abajo dan insumos.”

Silvia Rivera Cusicanqui

“Es obvio que determinadas ventajas materiales generarán la pretendida ventaja epistemológica.”

Miranda Fricker

“La alternativa al extractivismo es la reciprocidad profunda.”

Lianne Simpson

 

Terminaba de leer estos días (gracias a la recomendación reiterada en el blog del maestro Fernando Broncano, El laberinto de la identidad), el libro de la filósofa Miranda Fricker Injusticia epistémica que ha estado dialogando de modo permanente en mi cabeza con la denuncia que desde la teoría descolonial y los pueblos indígenas de toda América se está articulando respecto al papel central que está jugando el extractivismo cognitivo (la apropiación de artefactos culturales y conocimientos, por ejemplo así) en la consolidación del neocolonialismo neoliberal. Como muchas de las dinámicas de apropiación y expolio territorial vividas en su gradación más violenta en América Latina se están trasladando en una versión suavizada pero con idéntico afán extractivista al cada vez más despoblado medio rural europeo y español, me parece urgente tal y como afirma también Miranda Fricker “desarrollar formas nuevas de analizar la ética del poder en nuestra vida en cuanto sujetos de conocimiento”.

Como vienen denunciando desde hace décadas autoras como Silvia Rivera, Lianne Simpson, Ramón Grosfoguel… , es necesario desarmar los ejes sobre los que se sostiene la mentalidad extractivista, la apropiación de todo objeto cultural, tecnología o idea producida por las culturas indígenas (y añado yo aquí, colectivos minorizados o en posiciones subalternas) que sea útil para quienes ostentan el poder, siendo extraida y asimilada sin tomar en cuenta a los pueblos que han producido dichos conocimientos, invisibilizando a sus creadoras, descontextualizando y despolitizando sus aportaciones.

Partiendo de la base de que el “extraer sin devolver es el principio de destrucción de la vida”, la necesidad de construir reciprocidad, de avanzar hacia el reconocimiento del principio de reciprocidad no sólo en el intercambio entre culturas sino como eje rector para la construcción de alternativas sociales y políticas en el siglo XXI, nace con idéntico carácter de urgencia que la alerta ante la cooptación sistemática de “palabras fetiche” (el “buen vivir”, el “Ubuntu”…) descontextualizadas y previamente desarmadas de su capacidad transformadora. La llamada reiterada de Silvia Rivera a iluminar las luchas de poder por las que se construye la palabra legítima, la lucha por el control de las palabras que dominan la agenda redunda en la necesidad de hacernos más sensibles como sociedad ante la persistencia de las injusticias epistémicas como una de las facetas clave que perpetúan la opresión.

 

 

En esta línea el trabajo de Miranda Fricker nos dota (al menos así lo he sentido yo: balsámica) de herramientas prácticas de análisis para sensibilizar mirada y escucha ante lo que no se deja decir en las palabras y sí dicen los silencios.

Como explica Fricker:

La injusticia testimonial se produce cuando los prejuicios llevan a un oyente a otorgar a las palabras de un hablante un grado de credibilidad disminuido; la injusticia hermenéutica se produce en una fase anterior, cuando una brecha en los recursos de interpretación colectivos sitúa a alguien en una desventaja injusta en lo relativo a la comprensión de sus experiencias sociales.”

Sería por tanto urgente llevar nuestra atención respecto a la economía de la credibilidad en nuestras sociedades: a quién se cree sistemáticamente, a quiénes no se puede creer, a quiénes “sobrecreemos”, a quién no se escucha de modo reiterado, quiénes son negados como sujetos de conocimiento válido, quiénes tienen que gritar para hacerse oír, quiénes aunque griten no son escuchados, quiénes tienen palabra, quiénes ya ni lo intentan.

“Toda injusticia epistémica lesiona a alguien en su condición de sujeto de conocimiento y, por tanto, en una capacidad esencial para la dignidad humana; y el modo particular en que la injusticia testimonial lo produce es llevando a un oyente a lesionar a un hablante en su capacidad como portador de conocimiento, como informante.”

 

El respeto y el trabajo a favor de los derechos culturales vendría a ser una de las herramientas presentes para construir sociedades en las que disminuyésemos paulatinamente la injusticia epistémica, dado que ésta, especialmente en su carácter de injusticia testimonial es uno de los nutrientes clave de la ideología y los discursos del odio, dado que la fiabilidad epistémica se construye colectivamente alrededor del reconocimiento de la competencia y sinceridad de quien habla.

 

“Muchos de los estereotipos de los grupos históricamente desfavorecidos, como las mujeres, los negros o la gente de clase trabajadora, implican de diverso modo una asociación con algún atributo inversamente relacionado con la competencia, la sinceridad o ambos rasgos: exceso de emotividad, falta de lógica, inferior inteligencia, inferioridad evolutiva, incontinencia, falta de educación, falta de determinación moral, ambición desmedida, etc.”

 

“La exclusión es una forma habitual de injusticia testimonial: aquellos grupos sociales que están sometidos a prejuicio identitario y son, por ello, susceptibles de padecer un déficit de credibilidad injusto, también tendrán tendencia, por la misma razón, a que sencillamente no se les pida que compartan sus pensamientos, sus juicios ni sus opiniones. Este tipo de injusticia testimonial tiene lugar en silencio. La actuación netamente estructural del poder identitario puede controlar qué aportaciones acaban siendo públicas y cuáles no en función de quién las presenta.”

(Tenemos un ejemplo en España en relación al derecho a voto de las personas con discapacidad)

 

 

El papel que juega el poder identitario, el carácter distorsionador de los estereotipos compartidos por una sociedad tanto para desautorizar a determinados sujetos como portadores de conocimiento legítimo, así como para acallar directamente la diversidad de expresiones y aportaciones sociales, tendría que alertarnos ante nuestra posible “arrogancia epistémica”. La práctica reflexión de Miranda Fricker (junto al papel que juega esta dimensión en la vulneración de los derechos humanos) respecto al enorme desperdicio de conocimiento valioso sobre el que se asientan nuestras sociedades y organizaciones muestra el papel polifacético que puede tomar la injusticia epistémica, sin obviar en ningún momento la violencia real que se ejerce a través de las estrategias desplegadas para minar la confianza tanto en la propia opinión de los grupos subalternos como sobre sus propias capacidades intelectuales para analizar la realidad (la pérdida de confianza intelectual construida socialmente), a través entre otras de la invisibilización y referencialidad a la autoría (recuerdo aquí una “lucha perdida” hace años desde la Oficina de Igualdad de Género de la Complutense respecto a la importancia de visibilizar con nombre y apellidos a las mujeres en las bibliografías académicas, rompiendo la “comodidad” de las iniciales tras las que se escondía el género, Kristeva, J., ya saben), la negación de acceso a los espacios de poder –políticos, académicos, económicos…- en los que se negocian los significados sociales imperantes.

Por todo lo anterior, me resultan especialmente sugerentes tanto la invitación de Fricker como de los teóricos y activistas descoloniales para construir comunidades resistentes ante la injusticia epistémica, incorporando con urgencia esta sensibilidad también en el espacio español y europeo. Me quedo, por tanto, con las aportaciones de James Montmarquet recogidas por Miranda Fricker respecto a la necesidad de afianzarnos, frente a la humillación epistémica (cállate, tú qué sabes, tú quién eres para hablar) en la valentía intelectual: a) en la voluntad de concebir y examinar alternativas a las creencias sostenidas popularmente; b) en la perseverancia cuando haya que enfrentar la oposición interesada de los demás; c) en la determinación necesaria para llevar a término los proyectos.